EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

La bomba de mecha

VEO a Risto Mejide insultando a todo el mundo, con un lenguaje de matón de discoteca, en un programa de televisión de máxima audiencia, mientras cenan los niños y la gente se dispone a descansar después de una larga jornada laboral (si es que esa gente no está en el paro). Y pienso que un hombre así, en una sociedad que vive una crisis grave como la nuestra, es el equivalente a una bomba de mecha como aquellas que los nihilistas rusos del siglo XIX arrojaban contra la multitud, en medio de una calle cualquiera, por el simple deseo de crear el pánico y destruir una sociedad que les parecía aborrecible. Con la diferencia, que no es pequeña, de que los nihilistas rusos lo hacían gratis, mientras que Risto Mejide cobra una pasta, que a partir de ahora le será pagada de forma indirecta por los contribuyentes, gracias a la sabia política de publicidad televisiva del Gobierno de Zapatero.

Qué fácil es destruir una sociedad, y qué difícil es construir una sociedad estable y con hábitos civilizados. Seguro que los jóvenes que intentaron asaltar la comisaría de Pozuelo quieren parecerse a Risto Mejide: un tipo chulo que desprecia a todo el mundo y que gana un dineral sin hacer nada. Es el modelo perfecto para esta sociedad idiota que se está haciendo el harakiri mientras cree que se lo está pasando en grande, como esos suicidas que hacen coincidir el último espasmo con un sórdido orgasmo sado-masoquista, al estilo de David Carradine en Bangkok.

Para que exista una sociedad estable, cada generación ha tenido que sacrificarse pensando en el bienestar de la siguiente. Durante siglos, cientos de miles de hombres y mujeres han renunciado a sus caprichos más apremiantes y a sus sueños más íntimos, y todo para que sus hijos pudieran vivir un poco mejor que ellos. Esos padres y madres se han levantado al amanecer, han trabajado como burros, se han olvidado de lo que alguna vez quisieron hacer -ser músico, o titiritero, o vivir una gran historia de amor-, para que sus hijos pudieran disfrutar de las ventajas que ellos no habían tenido y para que crecieran rodeados por un mínimo de afecto y comprensión.

Pero ahora hemos llegado al final de ese modelo. Muchos padres ya no quieren sacrificarse para educar a sus hijos. Y si a esto le añadimos unos políticos que fomentan las conductas irresponsables y el desprecio a los profesores, y unas televisiones que contratan a nihilistas como Risto Mejide, y una legislación penal que parece hecha para el País de las Maravillas, y la presencia cada vez más activa de bandas de narcos que poseen mucho más poder que el Estado, ya tenemos la ecuación perfecta que señala el camino inequívoco de una sociedad: a este paso, España no tardará mucho en parecerse a México.

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