DECIDIDAMENTE éste ya no es mi mundo. No comprendo a una buena parte de mis conciudadanos y empiezo a sentirme alienígena en esta sociedad de nuevas prioridades inefables. Que, en medio de una alerta tan delicada como la que implica una posible pandemia por ébola, la preocupación principal del país sea el destino de un animal, no deja de parecerme un síntoma obvio del giro copernicano al que me refiero.

El pasado martes, ante la decisión de sacrificar al perro de la primera infectada, el mensaje Salvemos a Excálibur se convirtió en trending topic mundial. O, lo que es lo mismo, el asunto que verdaderamente enardecía a las redes no era saber cómo y por qué se produjo el contagio. Esto ocupó un segundo plano e impedir el sacrificio de la mascota acaparó la urgencia. Surgieron voces airadas e insultantes de grupos animalistas y hasta se montó una guardia guerrera en el portal de la vivienda en la que se encontraba Excálibur.

No crean que la orden fue caprichosa. El dictamen de los mejores expertos no ofrecía dudas: "No existe garantía de que los animales infectados [y consta que pueden estarlo] no eliminen el virus a través de sus fluidos orgánicos, con el riesgo potencial de contagio". Ante tal perspectiva, aun explicándonos el dolor de los dueños, ¿no resulta ser lo más sensato el atajar el peligro? Pues no. Según la sensibilidad imperante, el perro había de ser salvado a cualquier precio.

Miren, hasta ahí no llego. Cuando media España anda acojonada por la que pudiera caernos, pontificar sobre los derechos de los animales, colocarlos por encima de la salud de las personas y escupirnos a quienes no compartimos criterio que somos unos bárbaros, o pertenece a los extraños valores de una raza recién parida o supone una solemne y gigantesca estupidez.

Como yo creo lo segundo, como no me van a convencer de que la necesaria muerte de un animal es muchísimo más intolerable que despedazar a un feto de siete meses y como esa extraña personificación se está asentando cual férreo dogma, automáticamente me sitúo extramuros del futuro que llega. Un horizonte tan irrespirable, tan nauseabundamente hipócrita y buenista que ni me identifica ni lo quiero. O aquí no cabe un tonto más o el tonto soy yo. En ambos casos, me reitero: éste no es ni mi tiempo ni mi mundo. Allá se las apañen los neohomínidos. Quien suscribe se borra de una Humanidad, para él, tan absurda como paradójica y complacidamente inhumana.

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