Baja Temeraria

Un buen padre

Deja lágrimas pero, aunque duelan, son lágrimas que no todo el mundo ha tenido la inmensa fortuna de llorar

A mis amigas Rosa y Esperanza se les ha ido el padre. Un buen padre. Hace muchos años leí en la revista Triunfo una entrevista del inolvidable Ricardo Cid Cañaveral a Antonio Gala. De ella me impresionó sobre todo una frase: "Los que han tenido un buen padre siempre son de otra manera". Me pareció una moñada. Ahora Cid, ese periodista libre lúcido y ácido como pocos han sido, ya no está. Mi padre tampoco. El padre de las García Perea se ha ido hace unas horas. Deja lágrimas pero, aunque duelan, son lágrimas que no todo el mundo ha tenido, tiene, la inmensa fortuna de llorar. El mío también.

Al señor García, al patriarca García, lo he visto en algunas ocasiones, aunque de lejos y escoltado por esa tribu que lo ha adorado. Asistía a alguna presentación de esa editorial joya que tuvimos en Sevilla, Jirones de Azul, y que tenía como propietarias-heroínas a sus hijas Rosa y Esperanza y a Begoña Fernández Lorenzo, una tercera hermana elegida. A veces estrenaban un libro sobre la Semana Santa o sobre alguna curiosidad histórica, porque Jirones ha dejado una curiosa y valiosa biblioteca de eso que llamamos "temas sevillanos", y que ellas interpretaban con la mayor heterodoxia, o sea con la mejor sevillana manera. Jirones de Azul fue un exitazo sin precedentes, ahí estamos los lectores, otra cosa fue su devenir financiero, herido por la crisis y por alguna mano envenenada que metió sus largos dedos donde no anidaba más que la buena fe.

Y de fe andan sobradas las jironeras y la familia García Perea. De fe en los demás, concretamente. Orgulloso de sus hijas, de todas, que a las editoras no les faltaba asesoría legal de Mary Carmen, la mayor. Amarrado a su mujer como se anudan aquellos que han encontrado un punto desde donde mover el mundo y poder con todo, poderlo todo. También asistía, seguro que discreto y la vez hinchado como un pavo, a las presentaciones de los poemarios de Rosa o de aquella frenética y desternillante novela que es Soy lo peor, confesiones de una mujer de carne y hueso y mucha guasa. La misma alegría que Rosa le puso hace unos meses a ese postergado Pregón de Las Glorias y al que convocó a una nutridísima concurrencia, con garbanzos negros incluidos, como yo. Ya delicado de salud, el señor García debió sentirse exactamente en la gloria. No es para menos. El orgullo de haber dejado en la tierra que le vio nacer y a la que vuelve, la mejor de las semillas. Pienso ahora en Gala, de nuevo, y en que arrastrando como arrastra una fama de solitario casi patológico, deje una escuela de estupendos escritores a través de su Fundación. Jóvenes que lo adoran porque se han sentido queridos y respetados. Ser buen padre se puede ser, también, de muchas maneras.

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