La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

Un buen verano para retornar al Alcázar

Seamos egoístas y disfrutemos de esta Sevilla para los sevillanos, sobre todo los que no quieren arena en los pies

Da gusto el acceso a los monumentos sin ninguna cola de espera. Es una delicia disfrutar de los bares y de la ciudad en general con mucho menos público. Nos podríamos recrear en la ruina, pero hoy seremos prácticos, incluso egoístas. El egoísmo es mucha veces una forma de resistencia, de defensa. Seamos egoístas, o simplemente positivos, y aprovechemos la ventaja de estos días de calor. De acuerdo, marcados también por la melancolía que genera el semivacío. Ahora se puede acceder al Real Alcázar sin demora. Están el personal, los pavos y poco más. Entre los pies llenos de arena y el esplendor del Patio de la Montería, ya me dirán ustedes qué conviene elegir. Entre el olor a fritanga de la cola para lograr mesa y un recorrido por el estanque de Mercurio, los hay que no tenemos dudas. Especialmente recomendables son las visitas teatralizadas. Este año dedicadas a don Fernando de Magallanes, que emparentó con la hija del alcaide del Alcázar. Con ese argumento se ofrece a grupos reducidos una más que interesante experiencia. Se incluyen hasta los baños de María de Padilla. ¿Cuánto tiempo hace que usted no pisa el Real Alcázar? ¿Y la Catedral? Quizás se harta de gestionar viajes de ensueño por el ordenador con la tarjeta VISA en la mano, cuando por catorce euros tiene derecho a hora y cuarto de uno de los mejores monumentos del mundo con una representación teatral de notable calidad. Y lo tiene a tiro de paseo, de Tussam o de esos taxis que llegan sin el aire acondicionado puesto. Entra de día por la Puerta del León, que algunos turistas nacionales recuerdan que fue por la que salió el Rey con la infanta Elena el día de la boda, y se marcha un rato después ya de noche por el Patio de Banderas. Y hay cuatro gatos en una ciudad entregada a los sevillanos, que los sevillanos tantas veces no valoran. Camina usted con su mascarilla puesta, embelesado todavía por cuanto ha presenciado, y se puede ir a la vera del río o a alguno de los restaurantes de calidad que ya han abierto en torno a la Catedral. Con suerte le bañará una brisa de vez en cuando, verá en Álvarez Quintero cómo el incombustible don Juan Robles recoge platos de las mesas como si acabara de fundar el negocio, se cruzará con algún canónigo de regreso a deshoras, un tranvía con un cuarto de entrada y turistas españoles que pasean a esa velocidad cadenciosa propia de cuando se come un helado. Entonces caerá en la cuenta de que echa de menos el mar, no la playa. Que no es lo mismo. Y de que en el teatro sale poco destacado Juan Sebastián Elcano. Muy poco. Magallanes no terminó el viaje. Pero ha ganado en el Alcázar al que ha vuelto este extraño verano.

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