Baja temeraria

mercedes de pablos

El bulo de los otros

Somos de gatillo fácil y con tal de contarlo antes que nadie no nos molestamos en comprobar la veracidad

Los bulos son como ese teléfono móvil que suena en el cine o en el teatro. Igual. Cuando le pasa a otro, los más bajos instintos de venganza afloran en una milésima de segundo, seríamos capaces no ya de reclamar la cadena perpetua sin posibilidad de redención, sino incluso de evocar con nostalgia el muy cañí garrote vil, que lleva en su mismo nombre la calificación moral que merece. Hasta que te pasa a ti, por ejemplo, improviso, en un deslumbrante Macbeth con Eusebio Poncela en el Lope de Vega, tú en la fila tres, y su mirada iracunda clavada en tu retina a pesar de la penumbra. Entonces, deseas morirte tanto como otros matarte y además del bochorno caes en la tentación, sigo improvisando, de simular que no es a ti a quien llaman, que incluso no usas ni móvil, que es tu vecina de butaca, una amiga tal vez, a quien le está sonando estridente la melodía de Star Trek. Serías capaz incluso de levantar la mano y señalarla con el dedo, tal en la Invasión de los Ultracuerpos, esa ciencia ficción que nos saca los colores. Será por salvarse. Podría decirse que después de haber pecado nos tornemos más indulgentes cuando es a otro a quien le siena el bicho. Pues no. Seguimos reaccionando con la misma ira como si nuestra alma y nuestra conciencia fueran tan inocentes como un niño de cuna.

Con los bulos sucede igual. Cuando nos llega uno y descubres, o te descubren, que es una noticia falsa acude tu Torquemada interior para acusar a quien te lo ha enviado de irresponsable, recriminando su ignominiosa contribución a la expansión de la falacia. Sobre todo cuando nos lo hemos envainado enterito dándolo por cierto. La más de las veces porque nos reafirman las fobias y las filias. Si alguien nos cae mal, que tenga un comportamiento reprochable confirma nuestro juicio. Si alimentamos desprecio e inquina a ciertos sectores (políticos, jueces, periodistas, actores, cantantes de reguetón) damos por cierto lo que a veces es descaradamente inverosímil. Y no hace falta que sean sonoras, evidentes mentiras, vídeos groseramente manipulados o viles difamaciones. También existen los bulos veniales, los aparentemente inocuos y hasta un punto inocentes. Ocurre cuando damos por fallecido a alguien que aún vive o cuando rematamos a otro que nos dejó hace tiempo. Somos de gatillo fácil y con tal de contarlo antes que nadie no nos molestamos en comprobar si la noticia tiene un dudoso emisor o es, simplemente, antigua. En todos estos casos nos encendemos como teas y regañamos como tías (parientes) de visita. Menos cuando somos nosotros el del tuit, el clic, el wasap. Entonces, asombrados, contritos, juramos que es la primera vez que nos pasa. Por cierto ¿dónde habré oído yo eso antes?

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