La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

En busca de la Cuaresma perdida

Cuaresma era silencio no roto, intimidad no invadida, sorpresa no desvelada, emoción no trivializada

Intenta este sevillano recuperar la Cuaresma de silencios no rotos, intimidad no invadida, sorpresa no destruida por la revelación anticipada e inoportuna, emoción siempre intacta y por estrenarse, hambre no saciada por ese hartazgo que provoca empacho y conduce al aborrecimiento. Porque sin ellas no hay espera y sin esta no habrá gozo del encuentro. En Sevilla, que dispone a su modo los tiempos litúrgicos, Cuaresma es, más que un tiempo de penitencia -por muchos viacrucis arrastra pies con pitos fúnebres que se multipliquen por sus calles- un Adviento o Adventus Redemptoris, espera gozosa de la venida del Nazareno. En Sevilla Dios nace cuando el Gran Poder toca su suelo el Viernes de Dolores y los magos son los miles de sevillanos que le ofrendan en su besamanos el oro de sus esperanzas, el incienso de sus oraciones y la mirra de sus penas.

En la Cuaresma sevillana, mientras crece la luz, mientras se entibia el aire, mientras abre el azahar, suena más la trompetería feliz del Oratorio de Navidad de Bach -en forma de los ecos de cornetas y tambores que antes se oían por las murallas de la Macarena y las orillas del río- que la conmoción de su Pasión. Por eso la trompetería feliz y las frases juguetonas de Corpus Christi son la más perfecta evocación de la felicidad luminosa de la Cuaresma. Se oye esta marcha y se ve el escaparate de La Campana, los capirotes de Cerrajería, los pasos creciendo en las iglesias, las túnicas resucitando de los armarios.

En la Cuaresma sevillana suenan ecos de alegres trompeterías, como si esperásemos una feliz comitiva que desde lo más hondo de nuestra memoria hubiera emprendido el camino hacia ese eterno presente de la Semana Santa que se siente una mañana de Domingo de Ramos por las calles y una mañana de Viernes Santo en la Macarena, la modesta forma humana de representar la eternidad. Porque algo de "artificio espléndido que nos libra, siquiera de manera fugaz, de la intolerable opresión de lo sucesivo", como el escéptico Borges (a quien tanto admira el papa Francisco, que lo invitó a impartir una clase cuando era un joven profesor jesuita de Literatura en el Liceo de la Inmaculada de Santa Fe), tiene nuestra Semana Santa.

Esto es lo que este sevillano busca, sin encontrarlo, esta Cuaresma: silencio no roto, intimidad no invadida, sorpresa no desvelada, emoción no trivializada y hambre no saciada.

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