Azul Klein

Charo Ramos

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Se busca mecenas

El Bellas Artes de Sevilla posee una representación de Santiago Apóstol pintada por José de Ribera hacia 1634 que es una de las piezas más valiosas de su colección. Una luz sabia e italiana resalta el potente dibujo de su figura aislada y del rojo de la capa que la envuelve. Es una obra que, casi cuatro siglos después, sigue hablando al visitante no sólo de sentimientos religiosos y destrezas pictóricas sino del papel que el mecenazgo ha tenido en la configuración del museo de Sevilla. Este lienzo fue donado a la pinacoteca en 1928 por Rafael González Abreu.

Olvidado por los presupuestos del Estado y relegado por la Junta de Andalucía, que considera una prioridad abrir un Museo del Flamenco mientras languidecen las colecciones arqueológicas y artísticas de la mayoría de las provincias, el Bellas Artes habrá conseguido que el Año Murillo dispare el turismo en Sevilla y que los responsables políticos se coloquen en el centro del posado, pero apenas logrará dinero para sanar sus grietas, mejorar sus accesos y publicar un catálogo razonado. Es uno de los grandes olvidados, como un personaje de Buñuel, digno pero lisiado.

Me viene todo esto a la cabeza porque el Bellas Artes de Bilbao reabre hoy, tras una profunda reforma museográfica, un edificio que alberga joyas contemporáneas junto a los tesoros de la pintura antigua y decimonónica que Sevilla no puede exhibir en su integridad por falta de espacio. El escritor Kirmen Uribe ha sido el elegido para comisariar y dar otra vuelta de tuerca a un conjunto donde no faltan piezas de Zurbarán, Murillo, Goya, Gauguin o Bacon.

Entre esos fondos bilbaínos, que crecen sin interrupción merced a los presupuestos públicos y al empuje de su sociedad civil y de un grupo de entusiastas mecenas, se incluye un luneto de Luis Paret que este año donó Alicia Koplowitz. Es una obra que demuestra un gusto exquisito y su amor por los motivos florales. Gracias a su generosidad, el Bellas Artes de Bilbao es junto con el Prado la principal institución para el estudio de la obra de Paret, un pintor rococó que se revaloriza por año, como los buenos vinos.

En esta Sevilla donde los hijos de la aristocracia celebran puestas de largo y atraen a esas televisiones nacionales que, como bien decía Juan Ruesga, son ciegas a apuestas culturales como la Bienal, hace tiempo que las grandes fortunas no donan obras al Bellas Artes. Y quizá el demérito no es sólo suyo. En una sociedad sin leyes de mecenazgo y donde lo público no es siempre bien valorado, reporta más influencia salir en el Hola luciendo mantilla que legar arte. Por eso admiramos a la Koplowitz, que pudiendo participar de esos oropeles elige engrandecer Bilbao apoyando a su museo. Y lo hace además con tanta discreción que siento que casi debo pedirle perdón por hacerla protagonista de esta columna.

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