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El caballo de hierro

Sólo los empleados públicos, blindados, pueden disfrutar de unos derechos que ya no existen para el sector privado

Todos hemos visto, en los westerns de la era dorada de Hollywood, esas secuencias en que los indios atacaban los trenes de la Union Pacific usando arcos y flechas. Después del ataque, el tren seguía su camino hacia el horizonte, y sobre los campos de Kansas o de Nebraska quedaban tendidos los cadáveres de docenas de indios. Bastaba que los trenes llevaran un par de buenos tiradores para que ningún ataque de los indios pudiera tener éxito. En tan sólo veinte o treinta años (entre 1870 y 1890), los indios de las praderas tuvieron que renunciar a su antigua forma de vida. Y con tristeza infinita, tuvieron que aceptar que los tiempos habían cambiado para siempre. Su vida tradicional ya no tenía sentido.

En cierta forma, los habitantes del nuevo milenio estamos viviendo una situación muy parecida. En la era de Google, de la robotización, de Deliveroo, de los trabajos precarios en que muchos trabajadores se explotan a sí mismos porque ni siquiera tienen derecho a considerarse empleados por cuenta ajena, los derechos laborales han pasado a ser el equivalente de los arcos y flechas que intentaban cerrar el paso a las locomotoras de la Union Pacific. Sólo los empleados públicos, blindados por sus convenios y la protección del Estado, pueden disfrutar de unos derechos que ya no existen para la mayoría de empleados del sector privado. Y, en este sentido, las luchas de los taxistas contra Uber y Cabify -y las demás empresas de este tipo que pronto coparán el sector del transporte- están condenadas al fracaso. Es cierto que ha habido abusos intolerables por parte de algunos taxistas, pero en general uno entiende su rabia y su angustia y su frustración. Cada día ven pasar al humeante caballo de hierro por sus tierras, y ellos saben que no tienen nada para hacerle frente. Por mucho que luchen y que griten, el futuro que les espera no anuncia nada bueno.

Si hay tanta indignación y tanta rabia entre nosotros, si la gente parece tan enrabietada por motivos que deberían parecernos ridículos, es porque todos tenemos la sensación de que nuestro modo de vida tradicional -con sus contratos, con sus derechos, con su promesa de una vida mejor en el futuro- se está desmoronando sin remedio. La locomotora de hierro ya está aquí, invadiendo nuestras tierras, y no tenemos nada más que un arco y una flecha para hacerle frente.

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