La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

Las cabezas siguen idas con las comuniones

Las sesiones de fotos en el Parque de María Luisa parecían de estrellas de cine y no de niños de primera comunión

Uno cada vez se identifica más con el estilo de don José Yebra, el tabernero ya jubilado de la calle Boteros al que invitaron a una boda y advirtió: "Sólo iré a la celebración". Los novios le dijeron dónde debía tomar el autobús al cortijito de turno y las horas a las que podía regresar también en autobús tras la barra libre. Y don José sorprendió: "No, no. Sólo voy a la iglesia, que es donde se celebra el matrimonio". Debió sonar un ¡ooooooolé! por este gran Yebra, hermano del otro, Ismael, que anda consagrado a resucitar la Real Academia de Buenas Letras, lo que seguro que conseguirá a base de trabajo y llamando a las puertas para pegar más sablazos por una buena causa que el presidente del Ateneo cuando busca reyes magos.

Pues nos acordábamos de Pepe Yebra a cuenta de lo presenciado el pasado fin de semana en el Parque de María Luisa. Había decenas de niños de primera comunión protagonizado series fotográficas como estrellas de Hollywood. Ahora con los patos, ahora en la glorieta de Bécquer, ahora en el monte Gurugú. Una corte de técnicos audiovisuales seguían a los críos de un sitio a otro. Había una niña que llevaba dos fotógrafos, un tío con paneles para evitar el sol, el paraguas de turno, la escalera plegable y otros utensilios. La cría recibía estúpidas peticiones del fotógrafo. "¡Salta, salta!". "¡Agárrate el vestido al saltar!". La menor iba ataviada cual María Antonieta en sus días de gloria y le resultaban bastante difíciles las maniobras. Me pregunto qué tienen que ver tan exagerados movimientos con la primera vez que se recibe el cuerpo de Cristo.

Se nos ha ido la cabeza del todo, o quizás teníamos alguna esperanza en que la pandemia nos hiciera recuperar la mesura, el decoro y hasta el sentido del ridículo. Pero no. No hemos aprendido nada de la primera crisis y vamos de culo de nuevo con esta segunda. El parque estaba poblado de estas ridículas ceremonias gráficas consumistas que reducen la primera comunión a una suerte de fiesta de la infancia. Desde que vimos que un banquete de primera comunión comenzó con un baile de la niña con su padre, creíamos que ya lo habíamos presenciado todo. No es que las comuniones se hayan convertido en bodas, sino que son junto con las bodas evidentes pruebas del mal gusto imperante en la sociedad de hoy. Me hablan de cientos de invitados y me entran los siete males por el cuerpo. ¡Salta, María Antonieta, salta! Yebra tenía razón: hay que ir únicamente al templo. Pero es que a veces ni te invitan a la ceremonia. Eso es cosa para los abuelos, te dicen con desdén.

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