Así se titula un libro entrañable de Izet Sarajlic, poeta bosnio que perdió en las guerras gran parte de su gente y su ciudad, Sarajevo. En uno de sus poemas más emocionantes, Sarajlic pasea por las calles de su juventud jugando a escoger la calle a la que le gustaría que le pusieran su nombre alguna vez. "Las calles grandes, ruidosas,/ se las dejo a los grandes de la historia". Prefería una calle pequeña, simple, cotidiana, donde poder pasear incluso después de la muerte. Da igual cómo fuera. Sólo ponía un requisito: "Lo más importante es que/ en la calle que lleve mi nombre/ no le suceda nunca a nadie una desgracia". Se me vinieron al corazón estos versos cuando, allá por febrero, varios poetas de Sevilla recitamos textos de Antonio Machado en plena calle, a las puertas Las Dueñas, que fue su casa cuando aquello tuvo el noble uso de patio de vecinos. No sé si fue a Antonio Rodríguez Almodóvar o a José Julio Cabanillas a quien pregunté si acaso sabían si el bueno de don Antonio tenía calle en Sevilla. Tiene un callejón en El Tardón.

Tenemos vías muy principales dedicadas a escritores o intelectuales sevillanos o fuertemente vinculados a la ciudad, como Mateo Alemán, Bécquer o Luis Montoto. La memoria de algunos goza de parque o glorieta, como es el caso de Rafael Montesinos. Para otros, en cambio, hay que afanarse en la búsqueda del callejero hasta hallarlos. A Rafael Cansinos se le recuerda por la parte de Begoña. Por allí Luis Cernuda tiene plaza, demasiado lejos del magnolio, (como puesto lejos de la vista también quedó la desnudez de su escultura que proyectara Miguel García Delgado). No lejos de la calle Alejandro Sawa queda la de Don Latino de Híspalis, como haciéndose compaña bajo luces de bohemia. Desde su calle los contempla Cansinos. Por la Buharia está Chaves Nogales, y tiene un lugar Juan Sierra. A Juan Ramón lo tenemos entre vírgenes, en Los Remedios, aunque no sé si se siente en la gloria. Por lo que conozco de él, sostengo que el de Moguer hubiera preferido calle más bella. La de Alfonso Grosso -de quien nos hablaba antier en esta misma página nuestra compañera Charo Ramos- está al filo de Sevilla.

Se han quedado fuera del mapa cráneos privilegiados de ayer -¿dónde, la calle para Gutierre de Cetina?- y hoy -sospecho que el profesor Agustín García Calvo aquí nunca la tendrá. De dedicarle una, no olvide el Ayuntamiento poner su nombre entre interrogaciones, tal cual él lo haría-. A lo que iba: que Emilio Lledó no tenga una calle en Sevilla no tiene nombre. Pido una para el filósofo. En Triana, por favor, donde vivió cuando era chico. Sin azulejismos exacerbados, si es posible. Una calle para el sabio que nos recuerda que no hay futuro sin memoria.

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