Tiempos modernos

Bernardo Díaz Nosty

Las ocho campanadas

EN las crisis, destacan más los excesos. Un exceso son las 12 campanadas del día 31 de diciembre, sobre todo por el acompañamiento pautado de los tañidos con el ábaco de las uvas, siempre al límite de la ingesta razonable. Seguramente por eso, la prudencia aconseja que la hora 24 del día 31 siga siendo las doce de la noche. Se limita así el número de los empachos por pulpa y pepitas, que a más de uno habrá dejado fuera de juego en apremio del ritual, nunca tan nocivo como la sobredosis de exposición ante la televisión, que, en cuestión de ingenio, es igual de afortunada el 31 que cualquier otro día del año.

La noche pasada, de los más de 46 millones de españoles que habitan el último censo, no menos de 36 acompasaron su alegría al dictado de las señales horarias -uva tras otra-, lo que eleva la sincronizada colectiva a varios millones de toneladas del fruto de mesa. Es la noche de la vid. A tanta uva hay sumar viñas enteras, previamente exprimidas en vinos, espumosos y licores, que mitigan el látigo de las penas y, en el colmo de los excesos, quitan puntos que no siempre se pueden suturar en las salas de urgencias.

Mudas las rotativas -ayer no salió el periódico-, unos cuatro mil periodistas de la prensa diaria habrán hecho votos en toda España para que las plantillas de sus diarios no mengüen más en 2009, esquilmadas ya por la mala uva de una crisis que ellos anunciaron. Y no se ponga sordina a sus campanadas diarias. Como se sabe, una página de publicidad viene a suponer dos sueldos mensuales, por lo que un periodista cuesta seis páginas al año, y este año hasta el cava ha perdido muchas burbujas publicitarias.

Cuando se parte de una cultura de excesos, tal vez se debiera reducir -entiéndase la metáfora- la costumbre de las 12 uvas en dos o, mejor aún, en cuatro. De este modo, dos consumidores cederían ocho a un tercero, y así, con las uvas de la suerte de 46 millones de españoles, la fortuna daría para 69 millones. Probablemente, aceptaríamos los ocho bocados como una medida más humana que doce, y el consiguiente calmado engullir nos permitiría digerir mejor el ruido analógico o digital que pone fondo a nuestras vidas, bien descrito por la periodista neoyorquina Maggie Jackson en su libro Distracte. La distracción permanente -dice- es una manera de erosionar nuestra atención hacia los problemas reales. La luz es una sombra...

Ocho campanadas son más que suficientes para vivir. Con diez, se anuncia el K.O. en el ring. Cuando pase esta crisis, que no sólo es económica, tal vez surja una nueva mentalidad, que podríamos simbolizar en el ocho, un tercio menos que 12, una medida más humana de la sostenibilidad.

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