En tránsito

eduardo / jordá

E l caso de la Infanta

EL ciudadano normal se hace un lío con los tecnicismos legales, así que muchos de nosotros no sabemos muy bien si había razones o no para imputar a la infanta Cristina en la trama delictiva que al parecer montó su marido. Digo "al parecer" porque el caso no está aún juzgado ni sentenciado. Yo no sé si la infanta sabía o no sabía, aunque me temo que hay que ser muy despistado, o muy iluso, para no enterarse de nada de lo que hacía su marido. Pero lo que está claro es que el descrédito de la institución que representa ya se ha hecho irreparable. Esté o no esté imputada, y aunque supiera o no supiera nada sobre las actividades de su marido, ahora ya es muy difícil que la ciudadanía se convenza de que no ha tenido nada que ver en esta historia. En momentos de malestar económico y de desconcierto social, la gente busca chivos expiatorios. Y de momento, la Corona parece haber sido elegida.

Y esto no es lo peor del caso, porque esta decisión judicial sobre la Infanta va a agravar el inexorable proceso de deterioro que está sufriendo todo nuestro edificio institucional. Ahora mismo es muy difícil encontrar a alguien que tenga confianza en la monarquía y en los partidos políticos, o en los sindicatos y en los empresarios, o en el Parlamento y en las leyes que surgen del Parlamento (tanto del nacional como de los autonómicos), y no digamos ya cuando se trata de los bancos y de los grandes ejecutivos. Y eso es malo. Nadie puede vivir pensando que su banco siempre le va a estafar o que sus políticos siempre le van a engañar, porque la convivencia ciudadana debe asentarse en alguna clase de confianza mutua. Y la última decisión judicial sobre la Infanta va a poner en apuros a todo nuestro sistema judicial, porque a su fama de lento e ineficiente ahora tendrá que añadir la sospecha de que es parcial e influenciable. Insisto en que la decisión judicial puede haber sido correcta, pero las consecuencias van a ser desastrosas. Y la mancha de aceite se irá extendiendo sobre nuestras instituciones hasta que llegue al punto de no retorno. Y que ahora mismo, entre nosotros, sólo estén bien valoradas la Guardia Civil y las Fuerzas Armadas ya nos da una idea del modelo de sociedad fallida que hemos construido.

Por fortuna, los médicos y los profesores siguen siendo profesiones apreciadas y respetadas, según revela la última encuesta del CIS, cosa que debería alegrarnos a todos. Si una sociedad tiene buenos médicos y buenos profesores, aún tiene posibilidades de salvarse.

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