¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Una causa para todos

Los árboles nos unen a todos. Sólo hace falta no querer ver a Sevilla convertida en una plancha de chiringuito

A pesar de algún intento de atraco por parte de un conocido ladrón de libros, Fernando Iwasaki consiguió entregarme en mano, para gloria de mi biblioteca, los dos tomos de Imago Arborum, una obra ya de culto para los amantes de la ciudad y los árboles. Pero la generosidad del hispano-peruano, siempre proverbial, tenía esta vez un interés explícito: recabar apoyos en su campaña para la reedición de unos volúmenes que ya son muy difíciles de encontrar. Dos son las razones por las que apoyamos la empresa del escritor rinconero. La primera es por la belleza en sí de una obra en la que todo invita al placer: el papel, las tipografías, las ilustraciones de Miguel Ángel Olcina, el olor a ácaros viejos, los textos de algunos de los poetas y escritores de relumbrón de aquella Sevilla de los noventa… Hoy sería difícil que una administración como la Diputación -que fue la que puso los caudales- tuviese la sensibilidad para impulsar una obra así. La segunda razón es más práctica e ilustrada, como dictada por don Pablo de Olavide, otro hispano-peruano que dejó su zarpazo en la ciudad. Imago Arborum, o su nueva versión, sería una herramienta excelente para mostrar a los sevillanos (por lo menos a los que leen) la enorme riqueza botánica de una ciudad que fue cabeza de puente para la entrada en Europa de no pocas especies vegetales.

Lo bueno que tiene la causa de los árboles es que nos puede integrar a todos, desde las personas de sensibilidad ecofeminista hasta los nostálgicos del paisajismo romántico de los Montpensier. Es, como se dice ahora, un ideal transversal que puede iluminar a la derecha, la izquierda y el extremo centro. Sólo hace falta el deseo de no querer ver a nuestra ciudad convertida en una plancha de chiringuito. Cada vez que vemos una acera pelada humear bajo el sol del mediodía, todos sabemos que el Sahara está cada vez más cerca, pero esta vez sin la hermosura de los malpaíses tuaregs ni las cadenas de dunas donde cabalga el sultán. Es un desierto sucio y feo, un mal lugar para morir.

Claro que apoyamos la reedición de Imago Arborum, que precisamente nació de la voluntad de un grupo de profesoras de enseñanzas medias por mostrar a sus alumnos el reino vegetal de Sevilla (María Teresa Prieto, Purificación Rodríguez, Carmen Tesón y Dolores Moreno). Porque los árboles aúnan las dos grandes virtudes de cualquier diseño humano o divino: la belleza y la utilidad; y los necesitamos para protegernos de un cielo que cada vez será más inclemente. También porque dan alegría de vivir (biofilia, diría Quique Figueroa) y nos ayudan a soñar. Sólo hay que recitar algunos de sus nombres: acacias de Constantinopla, jaboneros de la China, naranjos morunos, lentiscos del Perú… ¿Qué alma no eleva el vuelo?

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