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El chico de la bandera

Toda la ideología del soberanismo catalán está construida con los mismos materiales que el fascismo

Veo una foto con un adolescente que lleva una bandera andaluza -con una estrella roja- en la manifestación de la Diada. Me pregunto qué idea tiene ese chico andaluz de lo que va a suponer la independencia catalana, si un día llega. ¿Sabe que va a provocar un recorte en las pensiones de su padre y de su abuelo, ya de por sí muy amenazadas? ¿Sabe que va a significar un empeoramiento de sus condiciones de vida, que no imagino muy boyantes? ¿Sabe que lo va a convertir en un extranjero que deberá enseñar el pasaporte cuando vaya a ver a sus primos catalanes? Me temo que no, claro. Y peor aún, ¿sabe ese chico que la mayoría de independentistas desprecian su acento andaluz y se ríen de él a sus espaldas? Por delante siempre le pondrán buena cara -hay que ganarlo para la causa-, pero por detrás se burlan de él por atrasado y por cateto y por muerto de hambre. Sí, por estas razones puramente supremacistas.

Ese chico de la bandera andaluza con la estrella roja no se ha dado cuenta de que milita en la izquierda más bobalicona de toda Europa. Nuestra izquierda radical profesa esa variante de la parapsicología que ve franquistas resucitados por todas partes. Pero cuando se encuentra frente a frente con fascistas de verdad -y lo son Puigdemont y Forcadell y todos los ideólogos del soberanismo-, entonces le entra el temblequeo de piernas y cae de rodillas como los pastorcitos de Fátima, gritando embobada: "¡Democracia, urnas, soberanía, diálogo!"

Hasta el más tonto de los politólogos debería saber que toda la ideología del soberanismo catalán está construida con los mismos materiales que el fascismo: se falsifica la historia, se adoctrina a los escolares, se crean falsos mitos de superioridad y de patriotismo, se buscan traidores, se difunden mentiras y se divide el orden del universo entre un beatífico "nosotros" (los buenos, los justos, los patriotas) y un terrorífico "ellos" (los malos, los ladrones, los corruptos). Y todo eso se complementa con escenificaciones multitudinarias de la voluntad del pueblo que reclama el bien de la patria, sólo que los soberanistas son tan listos que han sabido usar el buen rollito -los globos, las sonrisas- para camuflar su sombría dimensión autoritaria. Las cosas son así, nos guste o no. Pero el chico de la bandera seguirá creyéndose todos esos cuentos. ¡Democracia, urnas!

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