La ciudad y los días

carlos / colón

Cuando el cine alimentaba memorias

MI padre nunca olvidó la tarde de 1927 que, con sus padres y su hermana Concha, vio Ben-Hur en el cine Pathé. Ese día mi abuelo llegó a casa antes de lo habitual, dijo a su mujer el tan de la época "María, viste a los niños y arréglate, que nos vamos al cine" y allá que se fueron los cuatro a ver la película de la que todo el mundo hablaba. Los niños volvieron asombrados por todo, sobre todo por la carrera de cuadrigas y el timbal que marcaba el remar de los galeotes: para que pareciera que el sonido procedía de la galera alguien lo tocaba, no junto al quinteto del maestro García Matos que acompañaba las proyecciones bajo la pantalla, sino oculto tras ella. Fue una de las tardes de cine más felices de su larga vida.

Quienes fuimos niños en la Sevilla de los años 50 nunca olvidaremos la tarde de 1961 -se estrenó el 3 de enero- que nos llevaron al Imperial a ver el Ben-Hur de Wyler al escandaloso precio de 36 pesetas y 30 las matinales, lo que no impidió que las entradas se vendieran con 15 días de antelación y hubiera que instalar taquillas especiales para atender la demanda. Estuvo más de tres meses en cartel y un año más tarde tuvo un primer reestreno preferente en el Rialto. Todos los niños querían verla, reunir los 216 cromos del álbum de la película que editó Bruguera, que le regalaran la versión abreviada la novela en la Colección Historias y una cuadriga del 0,95. ¿Cómo olvidar aquella película, desde los títulos de créditos miguelangelescos y el Anno Domini XXVI que la abrían hasta el milagro final, y el cine en que se vio?

En cambio los pobrecitos que vean el Ben-Hur que se acaba de estrenar nada recordarán. Y no sólo porque sea una basura. Aunque fuera tan buena como las de 1925 y 1959 su recuerdo no podría asirse a la multisala de un centro comercial. ¿Cómo diferenciarlas? Las películas se ven en salas idénticas de centros comerciales idénticos alzados muchas veces en desoladas periferias. ¿A qué se puede aferrar el recuerdo? Es mucho lo que se ha perdido. Lo describe magistralmente Peter Handke en Cuando el cine tenía la fuerza de darle sentido al mundo, uniendo las películas que amó, los cines en que las vio y las calles que le llevaron a ellos o, aún más importante, de regreso a su casa a través de una ciudad y una realidad transfiguradas por la impresión de la película. Sólo quien lo ha vivido sabe cuánto se ha perdido.

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