alto y claro

José Antonio Carrizosa

La ciudad débil

HAY una Sevilla que se cree en posesión de las esencias de la ciudad y que sostiene que en los últimos años de gobierno social-comunista, antes de la llegada de Zoido a la Plaza Nueva, sufrimos una ola devastadora en nombre de una falsa modernidad y un todavía más falso progresismo que ha dejado un panorama desolador como herencia para las futuras generaciones. Esta afirmación se ha convertido en una especie de lugar común y como todos los tópicos no es por completo falsa. Algo de razón habría que apuntar a esta tesis si miramos hacia el estrambótico rascacielos de la Cartuja, a las setas de la Encarnación, tan caras como fuera de sitio, o a las desoladoras Avenida o Alameda. Cosas que se hicieron en la mayoría de los casos con nulo sentido de la estética o de la sensatez económica y que encajan mal en el tejido urbano de una ciudad tan peculiar como la nuestra, en la que el patrimonio y los intangibles culturales e históricos son activos de primer orden.

Sentado esto, creo, sin embargo, que la verdadera devastación de la ciudad, la que la tiene postrada en una situación de encefalograma plano y sin visos de reanimación tiene mucho más que ver con la forma de entender Sevilla de esos círculos, escasos pero influyentes, que se creen con derecho a decidir lo que está bien o está mal y a dar certificados de lo que es sevillano para descalificar a mandoblazos a todo lo que se salga de su peculiar ortodoxia. Son los que se han opuesto siempre al progreso de la ciudad en nombre de sacrosantas tradiciones, los que han impedido que aquí se forme una sociedad civil dinámica y han propiciado que el poder real resida en algunas juntas de hermandad, en círculos y casinos propios del XIX o en instituciones tan obsoletas e inútiles como el Ateneo. Una ciudad donde la palabra emprendedor sigue despertando recelos.

Sevilla sigue oliendo demasiado a naftalina y la culpa no es de Monteseirín o de Zoido. La responsabilidad hay que buscarla en la forma en la que se han establecido las relaciones de poder y de influencia social.

Hemos hecho una ciudad débil y que sólo es capaz de dar pasos importantes hacia el futuro cuando desde fuera se le brindan impulsos tan decisivos como las dos grandes exposiciones del siglo XX. Esa debilidad quedaba de manifiesto de forma tan palpable como dramática con los datos del paro registrado del mes de junio. La mayor reducción de los últimos 16 años pasaba de largo por Sevilla, que apenas era capaz de sacar a medio millar de personas de las listas de las oficinas de empleo.

Estamos en una preocupante situación de debilidad y mal preparados para afrontar un futuro que se adivina con todavía más dificultades que las atravesadas hasta ahora. Sevilla necesita movilizar los recursos que tiene adormecidos y cambiar su agenda de prioridades. Si no, será muy difícil que se levante.

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