César romero

Escritor

La ciudad estancada

Sevilla parece entregarse a cualquiera, aunque jamás lo haga

Le pasa como a esas actrices inalcanzables y sublimes: enamoran porque se las conoce de lejos, un rato. No ha habido que desnudarla para acostarla después de una jornada de parranda, cuando uno pensaba que iba a acabar tirándosela, quizá, cual Luis Miguel (el padre del cantante negacionista, no su colega mexicano), más por contarlo que por hacerlo; no, ella salió servida de casa al final de la mañana, y tú no eras más que el entretenimiento de ese día, la barra donde apoyar la copa o, peor, el hombro donde descansar ese tremendo encanto que, pensabas, era para ti y no para quien estuviera de paso, todo el mundo, cualquiera, aun el último borracho de la noche. Ésa es Sevilla: ciudad impermeable, hueca y acicalada, de inane profundidad que aparenta ser impenetrable cuando en verdad nada esconde, no guarda ningún misterio, por más que uno le ponga tanta leyenda que piense en una nueva, tan vieja, Sherezade. Ciudad acostumbrada a que hablemos mal de ella y, sin embargo, babeemos cuando la estamos disfrutando, sólo mientras lo hacemos y creemos que nos mira a nosotros en exclusiva, aunque en verdad nunca mire a nadie y se dedique a presumir de ese palmito al que grandes poetas -y versificadores que pasarían por raperos si no se anudaran corbatas, o si estuvieran profusamente tatuados y no se persignaran en las iglesias en cuarenta días más que un cura en toda su vida, no porque sus rimas mejoren las de éstos- han cantado, algunos aun con pesar. Luego, cuando nos da calabazas, cuando se va con otro más guapo que tú, que no es más guapo sino que tiene ocho apellidos, no vascos sino maestrantes, o es un periodista norteño que funge, o finge, de andaluz, o es un empresario de esos que jamás crearon una empresa (siempre las heredan) aunque, oh casualidad, encabezan el ranking del llamado tejido empresarial andaluz, que ni es tejido ni es empresarial y, apurando, no es ni andaluz, como toros heridos nos reviramos y empezamos a menospreciarla, a maldecirla, a hablar mal de ella. Como si le importara.

Hay algo raramente sevillano en esta vida confinada, acotada. Lejos del letargo levítico de villas encerradas en sí mismas, desconfiadas del forastero, Sevilla parece entregarse a cualquiera, aunque jamás lo haga. Ciudad-estanco por antonomasia, como lo son sus fiestas primaverales, la Feria de casetas estanco donde el cani tiene vivencias que nada comparten con las de la ejecutiva madrileña que se vuelve enamorada de la simpatía sevillana, y la Semana Santa de palcos, balcones y hermandades fetén, alejada de esa tan ficticia como pregonada transversalidad cofrade, los confinamientos pandémicos, con sus compartimentos estancos, vienen a ser ajustada metáfora de un lugar donde todo sigue perfectamente compartimentado. Donde los terrenos están delimitados. Donde uno cree que la ciudad se hace suya, pero está siempre en otras, idénticas, manos. No extraña que, más que encantada, sea la ciudad estancada.

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