La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Cuatro clavos le sujetan

Me parece oírle gemir mientras los cuatro clavos sujetan su poderío

Cuatro clavos le sujetan. Como al crucificado de los Cálices que Montañés esculpió en 1603 o al que pintó Velázquez en 1632 siguiendo las indicaciones iconográficas de su suegro Pacheco en una carta de 1620, precisamente 1620.

Cuatro clavos le sujetan, pero no está crucificado. Son los cuatro clavos que fijan la peana a su paso cuando desciende hacia él por la más auténtica calle de la Amargura sevillana: la tabla puente que une el mármol sacrificial sobre el que todo año se ofrece y el paso sobre el que definitivamente y del todo se dará a Sevilla. Avanza sobre ella como el manso cordero atado para ser sacrificado, porque va cautivo. El arco de su hornacina es la Puerta de los Leones de Jerusalén, donde se inicia la Vía Dolorosa; la tabla puente es la calle de la Amargura; y su paso es el umbral del Gólgota al que llega exhausto, al límite de sus fuerzas. Es entonces, al quedar encajado en el lugar exacto que le aguarda, cuando le atraviesan los cuatro gigantescos clavos que sujetan su peana. Duele e hiere verlos como si traspasaran sus pies y sus manos.

Cuatro clavos le sujetan, con tanta fuerza como los que dentro de poco le clavarán, pero no está crucificado. Pura fuerza de Dios queriendo soltarse, liberarse, andar, irse, echarse a la calle, aún tan agotado. Me parece oírle gemir mientras los cuatro clavos sujetan su poderío. Es la suya una fuerza de animal mortalmente herido que pese a ello lucha; una fuerza de la naturaleza en su ciega e imparable determinación que derrota todo cálculo o defensa del hombre; una fuerza irracional, porque si el amor humano no atiende razones, el de Dios desborda esa pobre cosa que frente al misterio sagrado es la razón humana.

Verlo cautivo sobre su paso, tan solo, tan entregado, tan manso, tan expuesto, es el momento más íntima y desgarradoramente conmovedor de la Semana Santa. ¡Qué indefensos estamos ante este Dios indefenso! ¡Qué vulnerables frente a este Dios vulnerado! Clavado a su paso, preso de él, aguarda que pongan sobre sus hombros la cruz que cada año estrena, nunca la misma, porque está hecha, astilla a astilla, por los besos que le han dado, las penas que le han confiado, los pecados que le han confesado, los corazones que ante Él se han vaciado y las lágrimas que con Él han llorado sus devotos durante los cuatro días de su besamanos. Revelación que adviene es el Señor del Gran Poder.

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