Desde mi córner

Luis Carlos Peris

Del colchón ido al monólogo

En un día se confirmaba que el Betis ya no mira por el retrovisor y que la Liga cambió dualidad por soliloquio

GRANADA y Pamplona como lugares para la reflexión así que se acomete el resumen de la jornada liguera. Y es que si en los aledaños del Veleta pudo vivirse el batacazo del gran favorito de la categoría, junto al río Sadar se confirmaba que la supremacía de la Liga de las Estrellas tiene nombre y apellidos, Fútbol Club Barcelona. Si en el rutilante mediodía granadino se fundía el colchón que el Betis fue dilapidando en enero, horas más tarde iba a confirmarse que el Real Madrid no está capacitado para tutear al Barça, ese equipo que gana siempre como decía aquel irrepetible Helenio Herrera, sin bajarse del autobús.

Enero ha sido muy exigente con el Betis, que ha pagado el reconfortante baño de gloria copera a un precio muy alto de cansancio y de lesiones. Lesiones en futbolistas básicos y poco hechos al ritmo estajanovista que exige el fútbol de elite. Y se comprobó en Granada ante un rival que parecía más fresco y dinámico, aparte de con una motivación que raramente tendrá ante otros rivales. Y en Granada, donde el crimen nefando, se agotó aquel colchón que permitía mirar la vida con más optimismo, y ahora hasta se vuelve a caer en aquello de que a quién leches se le ocurriría disminuir el número de plazas para el ascenso directo, que si no se podía haber esperado y así...

Y tras el nefasto mediodía al sol del Veleta, la cruda realidad de un equipo hecho a golpe de talonario para estar a expensas de lo que haga el que más dinero costó. Sin Cristiano, ese Real Madrid que ganaba a bofetada limpia se ha quedado en una versión ciertamente edulcorada que se estrelló ante un Osasuna que no es, precisamente, el mejor que se recuerda. Pensar que Aranda se bastó para alborotarle las neuronas al Madrid es para que el madridista se toque la ropa. Ya son siete puntos lo que separa a los dos grandes para comprobar que aquella molesta dualidad se convierte en insultante monólogo. Qué noche y... qué mediodía.

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