análisis

Rafael Salgueiro

Las otras cuatro columnas de Hércules

Sólo la colaboración institucional, la iniciativa empresarial, la libertad de comercio y el intercambio de lugares de formación permitirán superar una situación anacrónica entre Algeciras, Ceuta, Tánger y Gibraltar

CUANDO contemplamos una realidad territorial y económica tendemos a interpretarla según nuestros propios referentes, siempre muy condicionados por nuestra propia experiencia , información y conocimientos e incluso por nuestros propios intereses de todo orden. Cuando nos falta información para ello tendemos a suplir el vacío utilizando componentes estándar -lugares comunes, para entendernos-. Por eso todos sabemos que los japoneses son disciplinados y anteponen lo colectivo a lo individual, sin haber conocido a ninguno, y a partir de ahí nos explicamos su comportamiento ante la catástrofe. Por eso también sabemos que los alemanes son muy eficaces en el trabajo, organizados y productivos, aunque toda nuestra relación haya sido a través de un concesionario de automóviles. Tampoco es infrecuente que un viaje de unos días nos haga poseedores de conocimiento absoluto sobre el país o ciudad visitados. Con toda rotundidad decimos, por ejemplo, "París es…", sintetizando lo que seríamos incapaces de describir en tres artículos si se tratase de nuestra ciudad o país. Llegamos a cualquier lugar por primera vez bien provistos de lugares comunes y contra ellos contrastamos la realidad que vemos, bien para reafirmarnos o bien, lo más frecuente, para sorprendernos.

Creo que algo de esto nos sucede cuando pensamos en el territorio de las riberas del Estrecho, enormemente complejo en sus realidades institucionales, en su trayectoria histórica y en las disparidades de intereses sociales y políticos que ahí confluyen. Inevitablemente nuestro pensamiento sobre las cuatro modernas columnas de Hércules -Campo de Gibraltar, Tánger, Ceuta y Gibraltar propiamente dicho- está muy condicionado por razones históricas, cuestiones de soberanía nacional, los comportamientos del vecino y los intereses políticos de cada momento. Sin embargo, en Europa -el escenario de dos guerras mundiales que en realidad eran civiles- hemos comprendido que el comercio, en toda su amplitud, es la única forma de superar las disensiones y de progresar. Tardamos 15 siglos en recomponer la unidad institucional perdida desde la caída del imperio romano de Occidente, sólo rescatada mediante dominaciones temporales y paces no duraderas. Lo logró la construcción de instituciones compartidas, empezando por un mercado común.

Esta idea es la que pretendo esbozar en este artículo. Sólo la colaboración institucional, la iniciativa empresarial, la libertad de comercio y de establecimiento, y el intercambio de lugares de formación permitirán superar una situación anacrónica entre los cuatro vecinos. En definitiva, por la vía de permitir que las personas alcancen sus intereses particulares, que es lo que ha demostrado tener verdadera capacidad de conducir al desarrollo en la historia de la Humanidad. La acción gubernamental es importante, sin duda, porque a ella competen infraestructuras, habilitación de recursos y disposición de normas; pero por sí sola no conduce al progreso y sí puede detener oportunidades tan evidentes como las que conjuntamente reúnen las cuatro esquinas del Estrecho. Estas oportunidades provienen de sus propias singularidades y capacidades, que trataré de exponer haciendo caso a Max Weber, que ya nos advertía seriamente contra el uso de juicios de valor en economía.

El Campo de Gibraltar tiene ante sí un puerto de aguas profundas que no está saturado, cosa cada vez más infrecuente en Europa, aprovechado para la entrada y salida de materias para la potente industria energética y metalúrgica de la comarca, y para los intercambios en el tráfico de contenedores. No es todavía, sin embargo, un puerto de importación y exportación, como los de Valencia -el puerto de Madrid- y Barcelona, debido a las limitaciones del transporte terrestre y a que no tiene detrás un área económica de suficiente potencia, sirviendo más bien al tránsito de productos agrícolas procedentes de Marruecos. La nueva zona logística promovida por la Junta y el futuro corredor ferroviario son piezas determinantes para el desarrollo de la Comarca y su posición en la zona económica de las cuatro columnas. Junto a ello sería conveniente la clarificación de las ideas de la sociedad local, en cuanto a las actividades económicas que debe acoger ese territorio .

Al sur, con una comunicación marítima de gran potencia, se encuentra la ciudad de promisión de Marruecos. Tánger fue una ciudad internacional bien entrado el siglo XX y cayó en la decrepitud cuando perdió ese estatus, limitándose a ser lugar de tránsito de mercancías y personas y a albergar la flota pesquera con más capacidad para abarloar los barcos en un pequeño puerto, como si fueran bicicletas, que yo haya visto en mi vida. En los últimos años la ciudad se ha transformado de una manera impresionante y no sólo debido a la gran realidad del puerto Tánger-Med, el más grande de África y que no debe ser contemplado sólo como una competencia. La zona franca complementaria y sobre todo la factoría de la Alianza Renault-Nissan y el establecimiento de sus suministradores contribuyen a configurar un territorio de expansión económica que aprovechará las ventajas del ya próximo acuerdo de libre comercio entre Marruecos y la UE. Tánger habla francés, pero también español, y ya son perceptibles los resultados de la actividad allí de escuelas de negocios radicadas en Andalucía.

Hacia el este se encuentra Ceuta, una ciudad constreñida no por su limitado espacio físico ni por su historia, sino por las limitaciones de comercio y tránsito fronterizo de mercancías que hasta ahora le ha impuesto el Gobierno marroquí, lo que ha impedido aprovechar una gran ventaja competitiva: ser uno de los dos territorios de la Unión Europea en toda África. Es decir, ser una base de acción comercial y empresarial con reglas de la Unión Europea y con determinadas ventajas fiscales. A no dudar, la supresión de estas limitaciones debería ser un objetivo de nuestra acción política, aunque es dudoso que pudieran mantenerse más allá del acuerdo de libertad de comercio. Y en todo caso, siempre sería una base domiciliaria espléndida para empresas marroquíes interesadas en el mercado europeo.

Finalmente, regresando al sitio donde comienza el norte, Gibraltar, no hemos terminado de encajar adecuadamente la apertura de la Verja, aunque se haya facilitado el matuteo, ciudadanos españoles trabajen en Gibraltar -y niños españoles estudien allí- y cada vez más llanitos residan en España. Gibraltar ya está en la lista blanca del FMI, de modo que puede actuar con toda solvencia como plaza financiera y societaria internacional, y además despliega actividades de avituallamiento y reparación de buques muy útiles para completar la oferta naval del territorio, además de la portuaria, el bunkering y el reanimado astillero de Crinavis. No es sensato desaprovechar la ventaja que ofrecen las condiciones fiscales de Gibraltar y su funcionamiento comercial y societario bajo reglas británicas dentro de la UE, hablando en la lengua franca mundial, además.

No hay lugar para mayores precisiones a esta modesta idea, pero sugiero que consideremos las oportunidades que vienen dadas por las particularidades geográficas, sociales, económicas e institucionales de este espacio no ya en Europa o África, sino en todo el mundo. Imagine un embajador de Marte. No sería fácil explicarle que aquí se hablan cuatro idiomas, por él transita un buen porcentaje del comercio marítimo mundial, que hay dos marcos institucionales aproximándose, pero manteniendo las excepciones ventajosas, y que alberga importante capacidad industrial, incluida la mayor tractora: el automóvil. Además está al lado de la Costa del Sol, quizá el mejor lugar de Europa para vivir. Por ser vecinos en la historia -y a veces en la histeria- no terminamos de aprovecharlo. Seguro que nos diría el marciano: ¿Y a qué están esperando para empezar?

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