El poliedro

José Ignacio Rufino / Economia&empleo@grupojoly.com

Los concursos menos divertidos

La procedimientos concursales amenazan con colapsar más aún si cabe nuestro sistema judicial

CERCA de la sede judicial menos obsoleta de la ciudad hay una cervecería que probablemente haga mejor negocio con los desayunos que con la apreciable variedad de cervezas que ofrece a partir de cierta hora (bueno, siempre hay solicitudes de aficionados de gran encaste y cualquier hora). En sus mesas y taburetes de madera toman café y tostadas hasta la media mañana jueces, fiscales, guardias civiles y otros funcionarios; procuradoras y togados, y también gente con aspecto y expresión de ser testigos o, peor, procesados, normalmente arregladitos y limpios, aunque de forma no siempre convincente. Uno, algo obseso del síntoma y la señal a estas alturas de la crisis, e intruso en ese microcosmos de la aplicación de la Ley, puede observar recientemente que hay una nueva casta emergente y hasta dominante en el biodiverso y entrañable local: gente que me ha dado clases a mí, o con la que he compartido facultad en mis años de estudiante; contables que han dedicado parte de sus esfuerzos asesores a enterarse y adquirir callo en la triste pero necesaria y compleja tarea de organizar las finanzas de un deudor sin oxígeno ni liquidez, sea para evitar males mayores y resucitar a la compañía, sea para liquidarla lo mejor y más justamente posible. Son los administradores concursales.

Durante algo más de una década -la década que pasaba por prodigiosa, que va desde la crisis que sigue al gran 92 y llega hasta la entrada de la gran bofetada de 2007-, los administradores concursales se dedicaron mayormente a otras labores: la gente pagaba y cobraba, y ostentaba balances saludables en general. Los que llevaron la oleada suspensiones y quiebras de la Transición ya estaban jubilados o algo peor; los que ahora toman café con carpetas de estados contables en nuestro bar son la suma de aquéllos del 92 y los nuevos administradores de esta crisis devastadora de patrimonios empresariales e individuales: peritos de las empresas enfermas que se abren hueco en uno de los pocos sectores de actividad que, ¡oh paradoja!, están en auge.

Antes, hasta 2003, los concursos de acreedores -como se llaman hoy con espíritu deportivo- se denominaban con más precisión y crueldad suspensiones de pagos y quiebras. Este eufemístico cambio le recuerda a uno a aquella evolución del Padrenuestro hacia lo políticamente correcto: de "y perdónanos nuestras deudas" a "perdona nuestras ofensas", que las deudas se pagan... o se las come el acreedor en parte, que de eso se trata en los procesos concursales: de poner a la gente en cola, y cobrar como buenos hermanos acreedores lo que buenamente se pueda a juicio del delegado del juez, esto es, el administrador concursal.

Las estadísticas de los concursos de acreedores en España son el vivo retrato del languidecimiento económico nacional (los últimos aumentos trimestrales de estos procedimientos judiciales rondan del 30%, ¡trimestre tras trimestre!), pero con un efecto algo diferido, entre otras cosas porque las empresas -salvo los fraudes, que los hay, y a manojos: pobres jueces empantanados entre activos y pasivos- son gatos panza arriba. Los bofetones de clientes y proveedores, las propias arbitrariedades judiciales, la (menguante) ceguera burocrática de la Agencia Tributaria y la Seguridad Social, la inefable hipocresía bancaria y el comprensible pánico paralizante de los propios empleados no son durante un tiempo suficiente tunda como para echar al suelo -al juzgado- a la empresa que, obviamente, suele tener buena parte de la culpa de todo ello por sus malas estrategias y decisiones directivas, por no hablar del entorno sísmico que puede con cualquier cosa. Como cantaría La Guardia, "cuando brille el sol te recordaré si no estás aquí", empresa en concurso. Pero quizá sí estés, quizá no haya quien te mate. Y beberemos cerveza en nuestro bar, al lado de los concursales y sus carpetas de estados contables.

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