Relatos de verano

Jorge Duarte

El confesionario

LA viuda se dirigió a su asiento entre sollozos. Abrí la celosía opuesta para observar atentamente al asesino del difunto. El tipo andaría por los cincuenta; cabello negro, muy poblado; nariz de boxeador; ojos entrecerrados y mirada penetrante. Su aspecto recordaba a los gángsteres de las películas americanas de los años cincuenta.

-Ya estoy contigo, pecador -dije, secamente.

-¡Ya era hora, padre! Ave María Purísima...

-¿Ave María Purísima, dices? ¡Menuda mañanita me estás dando con tus groserías y tu falta de respeto! Deja los formulismos y desembucha de una puta vez.

-¿Cómo que "desembucha de una puta vez"? -preguntó, estupefacto-. ¿Pero qué forma de confesar es esa, oiga? ¡Le exijo que... !

-Te lo diré más clarito -le interrumpí, en plan chulesco-: cuanto antes te quites de mi vista, mejor. Si hay algo que no soporto en esta vida es a los maltratadores. ¡Sois todos unos atajos de cobardes!

-Entiendo..., la viuda le ha contado la peleíta del otro día -susurró, bajándosele los humos, pero asomando cierta frivolidad en el tono-. No niego que se me fuera un poco la mano, padre, pero le aseguro que ella se lo buscó. En cualquier caso, si Dios me perdona, ¿quién es usted para cantarme las cuarenta? Le aconsejo que no sea tan borde y se limite a...

-Verás, hijo, Dios te perdonará si a mí me sale de los huevos. El Todopoderoso podrá gobernar el Universo, el Cielo y, si me apuras, los infiernos, pero en este confesionario sólo mando yo, ¿estamos?

-Pero… oiga… -contestó, sobrecogido-, eso que acaba de decir… ¿no es un sacrilegio…?

-Ni lo sé ni me importa. ¿Algún pecado más? Seguro que un indeseable como tú oculta graves delitos -le exhorté para que confesara el asesinato.

-Pues… la verdad es que, aparte de la pelea con esa arpía..., no hay mucho más..., a no ser que entremos en el terreno de la gula, la lujuria... ¿Cómo llaman a ese tipo de pecados, veniales?

A lo que repuse:

-Todo esto no es más que una pantomima, ¿no, hijo? Crees que haciendo ver a la viuda que has confesado tu crimen, te perdonará y volverá a tu lado. ¡Además de subnormal profundo eres un ingenuo!

-¡¿También le ha contado…?! ¡¡Menuda zorra chivata!! -masculló-. Cuando la coja, le voy a...

-¿A pegar otra paliza? Permíteme que lo dude. Tú de aquí vas derechito a la cárcel. Yo, personalmente, me encargaré de ello.

-¿Me tomas por imbécil? -replicó con prepotencia-. ¿Crees que no sé que el secreto de confesión te tiene cogido por los huevos? Si crees que me vas a intimidar con patrañas infantiles lo tienes claro, hijo puta. ¡Ahí te las den! -e hizo el amago de incorporarse.

-¡No tan deprisa, amigo! -le ordené, a viva voz-. Me ha quedado por comentar un detalle que te va a encantar: la viuda tuvo el desliz de no pronunciar la fórmula "Ave María Purísima" al comienzo de la confesión, por lo que todo lo que dijo en este confesionario, incluyendo tu horrible crimen, es considerado por la Iglesia como una simple charla de café. Por tanto, como ciudadano que ha tenido conocimiento de un delito de sangre, estoy obligado a denunciar...

-¡Ave María Purísima! -expresó casi a gritos.

-¿Qué ha sido eso, una simple exclamación o…?

-Acabo de iniciar la confesión, ¡con todas las de la ley! Y ahí va el primer pecado: hace dos días maté a sangre fría a mi hermano -se apresuró a decir-. Siempre había deseado a su mujer, así que aproveché…

Puse el móvil en modo grabación y me relajé allí dentro. El infeliz describió hasta los detalles más escabrosos del homicidio, y a una velocidad de concurso, tras lo cual lo absolví y le impuse una penitencia acorde a la gravedad del pecado, para no infundir sospechas. Se despidió recordándome con vehemencia mi deber de confidencialidad, y volvió a los bancos de la primera fila esbozando una sonrisa entre socarrona y triunfal, aunque quizá fuera mi imaginación.

Al instante, alguien golpeó por tres veces el frontispicio del confesionario, con tal violencia que éste se desplazó dos o tres palmos hacia atrás y las finas paredes de hojalata vibraron vigorosamente.

Abrí las ventanas frontales con tal violencia que crujieron sus bisagras.

-¡Por aquí no atiendo! -vociferé, hecho una furia-. ¿No ve que las ventanas están cerra...? -mi mandíbula quedose petrificada al comprobar que se trataba del mafioso que había confesado minutos antes.

Traía la cara congestionada, la corbata le colgaba del cuello sin anudar, asomaba media camisa por fuera de los pantalones y mostraba numerosos churretes en el traje; y, por si fuera poco, su mano derecha sostenía una botella de güisqui.

-Ave Purísima… Jesús, María y José… digo… Ave… César… o como quiera que se diga…

El mafioso articulaba a duras penas las palabras; le costaba mantener los párpados abiertos; su frente se apoyaba en el ventanuco frontal, lo que hacía que el confesionario se desplazara imperceptiblemente; y se hurgaba la nariz sin disimulo alguno.

-Vamos, hijo -le insté-, váyase a casa a descansar, que lo necesita -y alcé la mano para bendecirlo, pero el capo me agarró la muñeca y la inmovilizó.

-¡He venido a pedirle un favor, padre! -gritó, repentinamente, aunque al momento se puso el dedo índice en la boca y siseó a todo volumen, ordenándose a sí mismo hablar más bajo.

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