Postrimerías

Ignacio F. / Garmendia

La confortable minoría

SE ha hablado con razón de la dictadura de las mayorías, pero también puede ocurrir que sean los menos, amparados en una presunta superioridad moral, quienes ejerzan una influencia férrea que no aspira a imponer su criterio al conjunto, sino a mantener, como suele decirse, prietas las filas. Del mismo modo que hay en política opositores apoltronados que no cambiarían su cómodo pasar por el desgaste de posiciones más expuestas, menudean los sedicentes infractores que limitan su inconformismo a la pose anecdótica -para lo demás demuestran estar perfectamente instalados- o necesitan gurús que los adoctrinen y guíen sus pasos en todo momento. Tanto o más que el de las multitudes unánimes, abriga el calor de la camarilla. Compacta, sin fisuras, ésta sólo se diferencia de aquellas por una cuestión de escala.

De signo inverso pero no menos estereotipado, existe un canon de lo políticamente incorrecto que invita a quienes lo siguen a suspender el juicio para rellenar todas y cada una de las casillas del formulario. Funcionarios de la discrepancia, pueden serlo igualmente del Estado o incluso ocupar parcelas de poder, pues les basta mostrar la ejecutoria -todos piensan lo mismo de los mismos asuntos- y acogerse al manual que, sin necesidad de mayores compromisos, suscriben al completo. Cuando la transgresión, en principio saludable, sigue rumbos prefijados, pierde su cualidad estimulante para hacerse rutinaria o hasta coercitiva. Sucede entonces que los supuestos contestatarios se convierten en individuos previsibles cuyos gustos, opiniones, costumbres o afinidades se atienen a un patrón consabido que no admite variaciones.

Como las sectas o los grupúsculos fanatizados, los alternativos profesionales buscan la uniformidad absoluta. Expenden certificados de pureza y reprueban sin contemplaciones a quienes se separan, aunque sea a veces o sólo en parte, de la ortodoxia. Encajan mal la crítica, carecen de humor para reírse de sí mismos -o lo hacen de un modo que no cuestiona las contradicciones- y presumen de ir contracorriente, pero llegado el caso condenan en términos severos -ay de las ovejas negras entre las ovejas negras- a quienes de verdad van por libre. No extraña por ello que los grandes disidentes, los que arriesgan, los que no necesitan la sanción de autoridad ninguna, no lo sean de las corrientes mayoritarias -algo que no presupone un coraje ni una lucidez especiales- sino de las directrices que marca su propia bandería.

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