Acción de gracias

El copión

Intenté ser original, pero mis artículos han sido, la verdad, una sucesión de plagios no pretendidos

Una vez, siendo adolescente, cansado de encarnar a un tipo sin carácter que pasaba inadvertido incluso en su casa -daños colaterales de tener familia numerosa-, decidí sorprender al mundo, o más concretamente a la prima de un amigo que venía de visita a Sevilla, ensayando una personalidad extravagante e imprevisible. Yo era aún un chaval que despertaba a la vida, pero ya sospechaba que las definiciones de pusilánime o anodino del diccionario bien podían ir acompañadas de mi fotografía, y me rebelé contra la condición de pánfilo que me deparaba el destino: aquella tarde, lo recuerdo ahora con rubor, dije un buen puñado de excentricidades, solté sin venir a cuento citas pretenciosas que había memorizado, imposté una seguridad en mis opiniones que nunca había tenido, reí de forma histriónica como hacían los hombres con carisma o los divos en las películas. Ese muchacho que se buscaba a sí mismo anhelaba deslumbrar a aquella recién llegada -deseaba, ay, ser querido, por ella y por todos- con su singularidad, pero lo que hizo aquella tarde fue exasperar al personal como un cómico proclive al histrionismo. En su deseo de agradar se pasó de frenada y, como le ocurría al Coyote cuando perseguía al Correcaminos, acabó chamuscado o cayendo por un precipicio. Cuando la prima y su amigo se quedaron al fin solos, la chica sentenció con acierto: "Tu colega ha enloquecido en estos meses, ¿no?".

Rescato ese episodio de mi pasado para confiarles un secreto: intenté, qué boba es la ambición, mostrar algo de originalidad en estas columnas, pero con ese imán que tenemos los hijos de Peter Sellers para desdecirnos a nosotros mismos mis artículos han sido, la verdad, una sucesión de desastres, o más concretamente una cadena de plagios no pretendidos. Cuando decidí evocar a mi padre y su ausencia con un texto, resultó que Nacho Garmendia había hecho algo parecido con el suyo esa misma semana. Una amiga me puso sobre aviso: "Tienes que leer lo de Nacho, que es también muy bonito", que subtitulado quería decir: "Él lo hizo antes y mejor, cretino". Otro día, Carmen Camacho me apuntó que estábamos "en la misma sintonía" -subtitulado, que era un copión- y ella también había citado El secreto de vivir de Frank Capra -¡no precisamente la película más conocida del director, ya es puntería la mía!-. Lo último fue mi homenaje a Los Claveles, la floristería: Charo Ramos se había despedido de ella meses antes, cuando supo que el comercio cerraba sus puertas. En este tiempo he concluido dos cosas: que no puedo despistarme y he de leer siempre a mis compañeros, y que, aunque lo intente con ganas, jamás podré ser original. Por mucho que hayan pasado los años, lo que encontrarán aquí es a ese idiota que descubre una y otra vez que no puede ser único y que demanda sin disimulo que lo quieran.

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