La ciudad y los días

En la corte del rey Louie

Admitamos los ciudadanos que los sevillanos somos muy escamondados para nuestras personas y nuestras casas, pero muy guarros para los espacios públicos; pero a condición de que las autoridades municipales admitan que no aciertan ni por casualidad y que utilizan los dineros de todos con desprejuiciada alegría. Hasta un reloj parado da dos veces al día la hora, se dice. Pues nuestro Ayuntamiento, ni eso. O no tiene números o no tiene agujas, pero esta Corporación acierta aún menos que un reloj parado; y la consecuencia es la carísima suma de errores y horrores que acumula la era Monteseirín.

La última ha sido la de anunciar algo previsto desde hace nueve años, la peatonalización de Asunción, en pleno mes de agosto y cinco días después de que en Urbanismo le dijeran al presidente de la Asociación de Comerciantes de Asunción-Los Remedios que no existía ningún proyecto de peatonalización. La penúltima ha sido la del corte de la instalación de contenedores neumáticos para la recogida de basuras, de cuyo fracaso se responsabiliza a los vecinos y que además ahora -¿antes no, cuando se puso en marcha con una inversión de 30 millones de euros?- se considera carísimo: "Se trata de un sistema muy caro y que requiere de una enorme disciplina por parte de los usuarios, y aquí esa disciplina no se cumple". ¿No se hicieron los números hace ocho años y se creía entonces que los sevillanos éramos suizos?

Ciudadanos y gobernantes, en este y en otros casos, estamos infectados por un mismo virus español cuyos efectos se agravan cuanto más al sur se baje: el desprecio hacia lo público y su correspondiente mal uso, ya se trate de espacios o de gestión, de calles y plazas o de presupuestos, de los contenedores o de la gestión municipal. Lo público aquí no es lo de todos, sino lo de nadie; no es lo que se percibe y valora como común, sino lo que se infravalora o desprecia como ajeno; no es lo que obliga en nombre del bienestar, la convivencia y el recto gobierno, sino lo que -por ser de nadie, y por ello ajeno e infravalorado- no exige responsabilidades por parte de quienes lo usan o lo administran.

Quienes invirtieron millones en el plan, ahora descartado, de la instalación de contenedores neumáticos y quienes los han usado mal son hijos de este mismo virus, propio de estas desdichadas regiones sureñas que se creen sabias por tener siglos y ruinas cuando en realidad son viejas, incívicas, groseras e ineficaces. Algo parecido a los monos que saltan sobre los templos en ruinas y devorados por la selva de Angkor, gobernados por el rey Louie de El libro de la selva de Disney.

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