EL Instituto Nacional de Estadística (INE) hizo público ayer un informe sobre el tejido empresarial español que constata que durante el pasado año 2011 se destruyeron en nuestro país 50.959 empresas, en gran medida como resultado del descenso en las ventas y la prolongada sequía de crédito provocada por la crisis financiera en la que llevamos inmersos ya cinco años. La noticia es pésima. El vigor de una sociedad moderna se mide, entre otros muchos parámetros, por su número de empresas y los sectores productivos en los que éstas trabajan. El INE dibuja un panorama del empresariado español débil, atomizado y con escasísima capacidad para generar empleo. Según los datos de este organismo, hasta un 80% de las sociedades mercantiles que operan en España sólo tienen dos o menos empleados. Son microempresas, negocios particulares cuyas condiciones de competitividad resultan modestas en la economía globalizada en la que nos movemos. Un dato estadístico llama poderosamente la atención: un 55% del tejido empresarial no creó ningún empleo durante el pasado año. Una circunstancia que, lejos de ser consecuencia exclusiva de la crisis económica, parece ser de índole estructural. Apenas un 4,7% de las sociedades mercantiles tienen más de 20 empleados, lo que explica muchos de los males por los que ahora pasa la economía nacional. En términos diacrónicos, la destrucción de empresas no ha cesado en los últimos cuatro años. Andalucía ha perdido 40.000 sociedades. Es cierto que en paralelo se producen nuevas iniciativas de negocio -sobre todo en educación, sanidad, deporte, informática y ocio-, pero la viabilidad de la mayoría de las empresas que las impulsan está directamente ligada a la solución de los graves problemas de financiación, que siguen siendo una asignatura pendiente del Gobierno. Es imposible levantar la economía, y reducir las dramáticas tasas oficiales de paro, si los nuevos proyectos empresariales no encuentran apoyo y las compañías que hasta ahora han soportado la crisis no reciben crédito. No habrá luz al final del túnel sin financiación. Y sin empresas, sencillamente, no hay futuro.

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