La tribuna

Gumersindo Ruiz

En lo más crudo del invierno

En su último libro cuenta Chris Patten, que fue ministro con el Gobierno conservador en Inglaterra, además de comisario europeo y el último gobernador de Hong Kong, que Vladimir Putin escribió su tesis doctoral (que algunos consideran un plagio) sobre la utilización de la energía como un instrumento de política exterior y de seguridad nacional. La anécdota no deja de ser relevante si consideramos el uso que está haciendo Rusia del gas, cortando el suministro a Europa en estos días de frío tan intenso, dando como excusa un conflicto con Ucrania, a través de la cual se realiza el transporte.

El Estado controla, con una participación del 51% del capital, a Gazprom, la mayor empresa de gas del mundo. Más del 60% del presupuesto del país proviene del gas y del petróleo, y algunos países europeos dependen decisivamente de Rusia para el suministro de gas: Alemania, casi un 40%; Italia, casi un 30%; Francia, un 20%; Polonia, un 50%. Es una relación de proveedor y clientes que podría considerarse relativamente simple y de interés mutuo, si no fuera por las implicaciones políticas y estratégicas de la energía.

Desde que llegó al poder en 1999 Putin consolidó el control del Estado sobre los recursos de gas y petróleo. Dimitry Medvedev, que le ha sucedido como presidente del país, fue nombrado en su día por Putin presidente de Gazprom, y una empresa independiente, como ocurrió con Yukos, fue expropiada, su propietario, Mikhail Khodovkovsky, encarcelado y la sociedad integrada en el conglomerado energético estatal. En 2007 la sociedad de inversión anglo-rusa TNK-BP fue forzada a vender a Gazprom el 63% que tenía de Russian Petroleum ante la amenaza de que se le iba a revocar la licencia para explotar el campo de gas natural de Kovykta. En general, las compañías extranjeras son excluidas de proyectos importantes.

Rusia ha desarrollado tres frentes en su política energética. El primero, contar con una red de transportes de oleoductos y gaseoductos que permitiera suministrar a los países europeos de los que puede conseguir precios relativamente elevados. Europa ha mostrado poca unidad en este terreno, y Francia, Alemania o Italia han firmado acuerdos de suministro bilaterales. El segundo frente es precisamente éste: asegurarse contratos a largo plazo y mantener unos ingresos estables, vitales para el país. Resulta increíble que la Unión Europea haya tenido que ver cómo le cortan el gas para comprobar la fragilidad de su situación de dependencia. Sólo ahora ha mostrado una cierta firmeza diplomática, convocando a los presidentes de las empresas de gas rusa y ucraniana, y declarando a través del presidente de la Comisión, José Manuel Durao Barroso, que tendrán que considerar a Rusia como suministrador y a Ucrania como país de tránsito, poco fiables. El tercer elemento de la estrategia rusa es precisamente buscar otros clientes, extendiendo su capacidad de transporte hacia países con una gran demanda energética como China

Cuando se plantea el acercamiento o incorporación a la OTAN de antiguos países de la Unión Soviética, la respuesta de Rusia es primero militar, como ha ocurrido con Georgia, y ante el rechazo internacional que ello provoca, utiliza el gas, discriminando con los precios y llegando hasta cortar el suministro. Nadie puede negar a Rusia el derecho a explotar su riqueza energética, que ha conseguido salvar el país de la penuria, pero sus dirigentes utilizan la energía como forma de recuperar un prestigio y poder perdidos, y como respuesta a agravios y humillaciones como las consecuencias de la guerra de Serbia o el reconocimiento de la independencia de Kosovo. Quizás a Europa no debería importarle atraer nuevos países a la OTAN y sí potencias, por razones políticas y de seguridad, una estrategia energética que es tan relevante como una de medio ambiente o de defensa.

Por nuestra parte, en España necesitamos empresas nacionales que desarrollen tecnologías propias de acuerdo con nuestros objetivos de disponer tanto de energías fósiles tradicionales, como renovables, que utilicen las mareas, el viento, el sol, biocombustibles adecuados, y no seguir las estrategias de otros, como en la ingenua relación que se planteaba con Lukoil, más interesada en vendernos su gas y su petróleo que en nuevos desarrollos. A partir de aquí se podrá plantear la integración de nuestras empresas con otras europeas, dentro de una política energética común, con redes de distribución compartidas. En cuanto a Rusia, las leyes del mercado y de la competencia llevarán a la larga a plantear una reciprocidad, de manera que si las empresas de energía rusas entran en los mercados europeos, también las europeas deberían poder hacer lo mismo con el mercado ruso. Entonces podrá comprobarse la verdad y sinceridad de sus planteamientos.

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