Cuando algún problema se enreda cada día que pasa hasta el punto de que no se sabe cómo puede acabar la cosa, algunos políticos, como Pedro Sánchez, tratan de embarullarlos más para ver si así surge de forma espontánea una solución imprevista… o se aplaza definitivamente.

La agenda de inicio de verano incluía dos citas importantes: una primera reunión de Gobierno central y Gobierno catalán para preparar la reunión de la Mesa de Negociación que debería celebrarse en septiembre, y la reunión de presidentes que llevan una veintena de años celebrándose, sin que ninguna de ellas haya pasado a la historia. Alguna de las últimas reuniones tuvo más enjundia, pero la pandemia obligó al método telemático y el poco interés que tenían se redujo aún más hasta pasar a la irrelevancia. Sólo importan dos aspectos de esas citas presidenciales: la financiación autonómica y la lucha contra la pandemia.

Urkullu y Aragonès han anunciado que no acudirán a la cita del próximo viernes en Salamanca, y tanto Ayuso como Feijóo han advertido de que será la última vez que participan si Moncloa sigue faltando al respeto a los presidentes regionales convocándolos sin orden del día y sin que previamente se hayan celebrados encuentros entre representantes del Gobierno central y regionales para llegar a la reunión presidencial con unos mínimos puntos ya analizados y, a ser posible, acordados. Pero lo más significativo es que Moncloa ha decidido retrasar la reunión catalana para que se celebre después de la Conferencia de Presidentes. Es decir, que el Gobierno independentista catalán no sólo no irá a Salamanca porque no le da la gana, porque desprecia al resto de los presidentes regionales, sino que además se fuma un puro respecto a lo que se apruebe en la Conferencia, y que sólo hablará sobre financiación autonómica con los delegados de Sánchez o con el propio Sánchez.

Un despropósito, porque la conferencia de presidentes queda devaluada, porque además las cuestiones relacionadas con la fiscalidad territorial se deben tomar en el Consejo de Política Económica y Fiscal y, más aún, porque los presidentes regionales saben que Urkullu no va porque los vascos tratan esos asuntos directamente con el gobernante de turno, no en un encuentro con los presidentes de otras regiones. Y, para remate, los independentistas catalanes tendrán la última palabra, lo que significa que si en Salamanca se acuerda algo, que es difícil, ni Cataluña ni el País Vaso se sentirán concernidos por esos posibles acuerdos. Ellos negocian a su aire y sin ninguna presencia que no sea un enviado de Sánchez o el propio Sánchez.

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