por montera

Mariló Montero

Las dos cuerdas del tendedero

EL último día que estuve con Natalia un velo amarillento cubría su cara. Esperaba mi visita sentada en una silla de la mesa de la cocina pegada contra la pared donde yacía su brazo derecho. Hasta ese día su personalidad se había distinguido por un humor arrollador que contagiaba al carácter constreñido de las buenas personas de pueblo, como Ángel, su marido. El cáncer que devoró su estómago, reducido a una especie de tubo después de una peliaguda intervención quirúrgica, le había metido también una dentellada a su humor. No tenía ganas de bromear. Sólo ansiaba recuperar sus fuerzas para empezar la fase de quimioterapia y curarse.

De manera inevitable su jovialidad atisbó en un breve comentario para explicarme los rapados de cabeza manuales que se obraba con la maquinilla de su marido. Natalia, como nunca antes, estaba dolorida, cansada y enojada. Su queja se dirigía contra un intenso dolor que sufría en la espalda y que, ella, achacaba a una hernia de disco empeorada por las horas de quirófano que pasó tumbada sobre la mesa de metal. Nuestra conversación estaba siendo seguida con la atención disimulada de sus padres, mis tíos, preocupados por una perversa intuición. Fue la contundente irrupción de su hija Amaya, de trece años, quien avivó nuestra apesadumbrada conversación con su cándida frescura. Y las sonrisas salieron, entonces, de todos los armarios. Su madre le preguntó dónde iba con esa prisa vivaz que olvida los besos de formalidades. Ese ímpetu no iba dirigido a empujar las agujas del reloj para hacer correr el momento de regresar junto a sus amigas. Amaya corría para ir a tender la ropa y poner una lavadora. Con trece años.

Ese día me marché con un esquela clavada en mi espalda a la que sólo le faltaba escribir la fecha de frente. Cinco días después se rellenó ese hueco. Por la noche, tras su entierro que cubrió de luto el cielo de Igúzquiza, Amaya, su hermano Aitor, de nueve años, y mi tía charlábamos en la habitación de los pequeños mientras se ponían el pijama, dispuestos a enfrentarse a la primera luna sin mamá. Todo lo que su madre les había dicho en las últimas horas, sus deseos, sus proyectos futuros, sus cortes de pelo, todo lo nimio, se convertía entonces en algo sagrado. Pero lo que me obligó tragar uno de los bocados más amargos fue una frase del pequeño. Aitor confesaba que su ilusión era estudiar matemáticas y la de Natalia cuidar niños. Una práctica a la que ya le estaba cogiendo la soltura de una madre prematura mientras revisaba el cabello del crío. Aitor miró a su hermana cuando ésta tenía su cabeza entre sus manos y le dijo: "Amaya, me tienes que bajar la cuerda del tendedero porque no llego para colgar la ropa". Amanecieron los dos, juntos, abrazados en la misma cama. Y ya hay dos cuerdas en el tendedero.

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