La ciudad y los días

carlos / colón

La defensa de lo serio

EL escándalo y la grotesca/goyesca comparecencia de Pujol, la firma de Mas, la respuesta del Gobierno, el nuevo desafío de Mas al Gobierno y a la Constitución -"el 9-N se mantiene"- o el escándalo de las tarjetas opacas han enterrado rápidamente la polémica suscitada por la renuncia del PP a modificar la Ley Zapatero-Aído. Es lo que conviene a la mayoría que convive sin problemas de conciencia con el aborto libre. Esta mayoría es interclasista y engloba a votantes de izquierdas y derechas. Una encuesta daba ayer la razón a Rajoy y a Sáenz de Santamaría, a los que imagino contando los votos con el gesto del matrimonio de cambistas del cuadro de Reymerswale: según una encuesta de Metroscopia, el 75% de los españoles, incluyendo a un 52 % de votantes potenciales del PP, aprueban la decisión de retirar la reforma de la Ley del aborto. A Rajoy le salen las cuentas.

La izquierda lo tiene tan claro como la derecha neoliberal. Mónica Oriol, presidenta del Círculo de Empresarios, lo ha dejado claro: "yo prefiero [contratar] una mujer de más de 45 o de menos de 25, porque como se quede embarazada, nos encontramos con el problema". El "problema", claro, es el embarazo.

En esta polémica ya mediática y socialmente dada por zanjada, lo más repulsivo es la actitud de quienes defienden el aborto libre. Están en su derecho. Lo que me asquea es que lo hagan con manifestaciones festivas como las del pasado domingo; como si el aborto fuera un éxito en vez del fracaso de la educación sexual; como si la muerte del feto -porque todos, estén a favor o en contra, habrán de convenir que al feto se le mata- fuera algo sin importancia y el trauma que sufren algunas mujeres al abortar no existiera; como si vida, dilema ético, conciencia, decisión, sufrimiento y pérdida fueran palabras pasadas de moda.

¿Se celebra el reconocimiento de una derrota y de un fracaso -y más de 110.000 abortos al año lo son- tocando el tambor y bailando? Creo que no. La irresponsabilidad y la ignorancia no se celebran. Matar no es una fiesta. Lo que se festejaba era que se hubiera salvado la libertad de elección de la maternidad, se suele responder. Una mentira tan fácilmente desmontable -porque esta libertad se ejerce con el uso de anticonceptivos- que asombra que tantos la crean. Goebbels sigue teniendo razón: una mentira repetida acaba convirtiéndose en verdad para quien, dejándose llevar, renuncia a pensar por sí mismo.

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