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La demonización del diésel (I)

En esta democracia nuestra, que se nutre fundamentalmente de estrepitosas salidas de tono, ha debutado espectacularmente Teresa Ribera, flamante ministra para la Transición Ecológica del nuevo Gobierno español. Cual fiel sibila de las obsesiones progresistas, dice Ribera que "el diésel tiene los días contados". Sus palabras, como poco irresponsables, han provocado el enfado y la alarma en el sector automovilístico nacional. Si ya venía observándose una caída en las ventas de este tipo de vehículos, entre cuyas causas no son desde luego irrelevantes las trampas y engaños de algunos de sus propios productores, la sentencia de la ministra puede terminar acarreando consecuencias desastrosas para un mercado hoy muy debilitado.

Las reacciones no se han hecho esperar. Para Anfac, la asociación de fabricantes, la estupidez ministerial desestabiliza una industria que da empleo a 40.000 personas de forma directa y que cuenta con 17 fábricas en España. La Federación de Asociaciones de Concesionarios de la Automoción (Faconauto) califica de "precipitado" el anuncio, ya que el diésel "está siendo usado por millones de españoles". A su juicio, el proceso de descarbonización de la movilidad "debe ser progresivo y ordenado", capaz, por supuesto, de integrar inteligentemente las diversas alternativas. Desde la Asociación Nacional de Vendedores de Vehículos de Motor, Reparación y Recambios (Ganvam), a través de su presidente, Lorenzo Vidal, se le pide al Gobierno que cambie el rumbo de esta "cruzada" contra el automóvil y que no lance "dardos sin fundamento", maliciosamente ignorantes de los avances que la innovadora tecnología actual está impulsando, aplicando y generalizando. Por último, la Federación de Industria, Construcción y Agro de la Unión General de Trabajadores, la hermanísima UGT, subraya que esas afirmaciones de Ribera son "inaceptables y arriesgadas" y producen "incertidumbre y alarmismo" en una zona tan delicada e importante de la economía nacional.

Y es que a doña Teresa le pudo el vértigo de pronunciar una frase rompedora. Olvidó -imperdonable olvido para una gobernante- que abordaba un problema lo suficientemente complejo como para no abandonarse a la demagogia, siempre tan rentable en votos pero, aquí, al tiempo, tan peligrosa en términos de empleo y de PIB. Aún más si, como veremos el próximo domingo, ni el plazo ni la tajante dureza del repudio se ajustan escrupulosamente a la verdad.

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