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Contra el derrotismo

¿Qué sistema político puede resistir el asalto combinado de una terrible crisis sanitaria junto con una hecatombe económica?

Cuando las bombas nazis caían sobre Londres, en el otoño de 1940, George Orwell escribió en su diario que no había nada más triste que encender la chimenea con los periódicos atrasados del año anterior. Todas las noticias estaban llenas de promesas de paz y de alegres cantos a la vida despreocupada. Pero un año después Londres estaba medio destruido por las bombas e Inglaterra estaba combatiendo sola contra un enemigo que parecía cien veces superior. Nadie, ni siquiera la persona más pesimista del mundo, podría haberse imaginado aquello. Y eso que Gran Bretaña, comparado con lo que estaba ocurriendo en Polonia o en la Rusia soviética, era un oasis de libertad y tranquilidad.

Nosotros hemos vivido algo muy parecido a lo que vivió Orwell -y toda la generación que tuvo que sufrir la II Guerra Mundial-, sólo que en nuestro caso las cosas han cambiado de un día para otro, o quizá en una sola semana, o todo lo más en dos. Y de golpe, sin previo aviso, como un rayo que surge de un cielo sin nubes que no amenaza tormenta, todo nuestro mundo que creíamos seguro y estable se ha venido abajo de un plumazo. En el 2008 tuvimos un aviso, una especie de premonición -y fue terrible-, pero esto de ahora supera todo lo imaginable. No sólo se ha venido abajo nuestra seguridad física como personas que de repente nos hemos vuelto frágiles y vulnerables, sino que todo el edificio económico se ha desmoronado. Sin empresas, sin actividad económica, sin empleos estables, ¿de qué vamos a vivir? ¿Y qué sistema político puede resistir el asalto combinado de una terrible crisis sanitaria junto con una hecatombe económica que no va a dejar nada en pie? Y más aún si tenemos en cuenta que vivimos en un edificio carcomido por las termitas: la cultura del resentimiento y de la protesta histérica bien instalada entre nosotros; una desigualdad sangrante que va destruyendo la confianza social; y una clase política que se ha dedicado a la propaganda más tóxica para alcanzar sus objetivos y para perpetuarse en el poder al precio que sea. En fin, no podemos ser muy optimistas.

Y aun así no deberíamos caer en el derrotismo. Justo en aquellos años de la guerra, cuando Londres estaba medio destruido, Orwell salió un día al campo y vio que habían empezado a brotar las flores del azafrán. Ni los bombardeos ni la guerra habían podido con ellas. Así sea.

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