La ciudad y los días

Carlos Colón

El desafío de la integración

LO de la crueldad oriental es un tópico forjado por el desconocimiento de las claves internas de culturas ajenas a la nuestra y por los estereotipos desarrollados desde el siglo XIX en torno a lo que el káiser Guillermo II llamó "el peligro amarillo", que abarcaba desde una posible invasión china hasta los fumaderos de opio o las revueltas anticolonialistas. La literatura popular espoleó este sentimiento a través de chinos perversos como el Dr. Yen How de M. P. Shiel o el Dr. Fu-Manchú de Sax Rohmer, prolongados en el también oriental Dr. No de Ian Fleming. Y el cine lo hizo a través de personajes como el perverso Hishuru Tori de La marca del fuego (1915) de De Mille, interpretado por el gran Sessue Hayakawa; el mismo que 42 años más tarde interpretó al cruel coronel Saito en El puente sobre el río Kwai.

Prejuicios, naturalmente. Y tópicos. Más peligrosos cuanto mayor sea el desconocimiento de las culturas a las que se refieren. Dicho lo cual hay que recordar que un tópico es un lugar común que trivializa, deforma o exagera una verdad. Y que determinadas culturas tienen tendencias que podrían considerarse crueles, aunque la perversión o la crueldad estén presentes en todas las culturas por ser manifestaciones de la naturaleza humana no corregidas por el progreso ético. No creo que sea casualidad histórica que el Holocausto fuera obra de los alemanes (con la colaboración de otros fascistas europeos, ciertamente, pero a partir de un proyecto germano) o que el Gulag fuera cosa de los rusos, tan dados a librarse de sus enemigos enviándolos a Siberia bajo el zarismo como bajo el comunismo: ¿o no vale tanto como testimonio sobre los campos siberianos Memoria de la casa de los muertos, escrita por Dostoievski en 1862, como Archipiélago Gulag, escrita por Solzhenitzin un siglo más tarde?

Algo parecido sucede con el tópico de la crueldad oriental. Tópico, sí; pero no es habitual que un trabajador europeo manifieste su descontento, no sólo matando al patrón y a su familia, sino descuartizándolos y esparciendo las vísceras por la habitación, como ha sucedido en Barcelona. Integrar no es dejar que los inmigrantes sobrevivan como puedan, explotándose los unos a los otros o siendo explotados por los españoles. Y tolerar -o "respetar las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias"- sólo es posible cuando éstas no entran en conflicto con nuestros valores éticos y constitucionales.

Tenemos por delante un desafío de auténtica integración de cuyas proporciones, me temo, los políticos no quieren darse cuenta.

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