La tribuna

jesús Cruz Villalón

Más desiguales

EN el ámbito de lo comercial la oferta de un producto o un servicio diferente se valora habitualmente de forma muy positiva, llegando a ser ello hoy en día elemento clave para algunas empresas o marcas. Sin embargo, en el ámbito social sucede todo lo contrario: la seña de identidad de una sociedad desarrollada y avanzada es de común aceptación y se encuentra en el grado de igualdad de oportunidades que se ofrece, logrando contrarrestar las tendencias naturales hacia la discriminación o marginación social.

Desde esta perspectiva, nuestro país ha logrado en las últimas décadas implantar progresivamente un modelo de Estado de bienestar compatible con el desarrollo económico, que ha conseguido orientarse hacia niveles de convergencia social cada vez más notables. Sin embargo, en los últimos años, dentro del escenario de reacción frente a la crisis global, se aprecia un intenso cambio de tendencia ciertamente preocupante. Así, se observan niveles de desigualdad cada vez más acentuados, confirmados a través de muy diversos índices estadísticos. Analizado el fenómeno desde las perspectivas más variadas, el resultado no es otro que el aumento de situaciones de exclusión social intensa, nada compatibles con un modelo de Estado social como el que propugna nuestra Constitución. Es conocido por todos que la ya prolongada crisis económica está provocando un deterioro palpable de importantes servicios públicos, a pesar de que ello podría haberse producido de forma diversa en cuanto al impacto menos negativo sobre la población más vulnerable.

Ha de reconocerse que los tres pilares básicos de nuestro Estado de bienestar (sanidad, educación y pensiones) en lo sustancial se mantienen con cierta dignidad, especialmente gracias al esfuerzo redoblado de los funcionarios públicos, a pesar de producirse un obvio deterioro en los mismos. Por el contrario, en otros ámbitos los efectos negativos se están haciendo sentir con mayor crudeza, incidiendo por desgracia sobre los sectores de la población que resultan más débiles.

Desde los más diversos organismos e instituciones, nacionales e internacionales se está llamando la atención en relación con los efectos ciertamente negativos en nuestro país del incremento de la brecha social de la desigualdad, con intensidad bastante superior a la que se está verificando en otros estados próximos y similares al nuestro: Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), Organización Internacional del Trabajo (OIT), Consejo Económico y Social de España (CES), Cáritas Española, los propios datos oficiales sobre la estructura del PIB, así como especialmente el coeficiente de Gini de Naciones Unidas del ranking de países por nivel de desigualdad. Cada uno de ellos, desde su particular perspectiva, confluyen en consideraciones similares: los riesgos de desestructuración social a resultas de una distribución desequilibrada de los sacrificios derivados de la crisis económica, por cuanto que la capacidad de resistencia y adaptación es mucho más limitada para ciertos concretos grupos sociales.

No cabe la menor duda de la marcha atrás que se ha producido en las prestaciones públicas de atención a la dependencia, la significativa reducción del porcentaje de parados cubiertos por la protección pública por desempleo, las disminuciones en las rentas salariales de los niveles profesionales inferiores con la emergencia del fenómeno de los llamados trabajadores pobres, la vulnerabilidad de la población infantil frente a situaciones de pobreza familiar, la incapacidad de ciertos segmentos de la población para hacer frente a habituales gastos del día a día en materia de vivienda, el incremento de las diferencias en el reparto de la riqueza entre las diversas comunidades autónomas, etcétera.

Desde algunos ámbitos se puede considerar que éste no es el momento de poner el acento en estos fenómenos, que no es necesario recordar algo ya conocido por todos; que ahora podemos ser más optimistas, en la medida en que se observan ya datos objetivos que apuntan hacia una superación de la crisis, incluso cuando parece que comienza a crearse empleo en términos netos. Con ello, naturalmente, no se quiere aguar la fiesta a nadie, ni mucho menos negar la evidencia de que estos datos positivos efectivamente se están confirmando; ojalá se afiancen con solidez y de manera estable.

Sin embargo, precisamente porque parece que ahora definitivamente dejamos atrás esta dura crisis, hay que llamar la atención sobre el hecho de que no existe automaticidad entre repunte del crecimiento económico y una recomposición del tejido social en clave más igualitaria. Nadie asegura que así sea y, más aún, es posible que salgamos de la crisis sobre la base de construir una sociedad diferente a la del pasado, abandonando las aspiraciones de recuperación de un modelo social más igualitario. La gran esperanza se encuentra en el dato constatado de que la población española aspira a recuperar las políticas sociales igualitarias y rechaza modelos alternativos más individualistas.

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