Acción de gracias

La destemplanza

En 'Lector cómplice', uno tiene la impresión de compartir un largo y emocionante café con su autor, Javier Lostalé

En los viajes a Madrid que promueve la Fundación José Manuel Lara, con motivo de la publicación de algún título de su colección Vandalia, es frecuente coincidir allí con el poeta y periodista Javier Lostalé. La timidez me ha impedido expresarle en esos encuentros mi admiración -o mi agradecimiento, por la maravillosa compañía que sus libros y sus programas de radio me han proporcionado-, pero, apoyado también en algún compañero que se le acercaba, Ignacio Garmendia, Alejandro Luque o Carlos Díaz, siempre he disfrutado algún rato de la lucidez y la sensibilidad de su charla, del apunte de un poemario que recomendaba con entusiasmo, siempre desde su presencia discreta y su tono mesurado, casi vacilante, tan acogedor en un tiempo en el que la gente suele subir la voz para esgrimir sus certezas.

Ahora, gracias a un hermoso volumen que publica Athenaica, Lector cómplice, siento que he tenido la suerte de haber compartido con él un largo café -¿no es eso al cabo la lectura?, encontrar un amigo en la página, un "salvavidas" para la soledad, como señala una cita de Gómez de la Serna- en el que Lostalé transmite esa sabiduría humilde que le caracteriza. Al modo de las Cartas a un joven poeta de Rilke, el autor madrileño traslada al papel su experiencia y su visión de la escritura, ese "silencio que precede a la nevada", el ejercicio de escucha de una "voz interior" que no debe perseguir más gloria que "la satisfacción por la obra bien hecha", esa vivencia íntima que de algún modo es colectiva, porque pertenece a una tradición, una estirpe. Resulta emocionante cómo Lostalé describe los tres tiempos que alumbran un poema: la "destemplanza" primera, nacida "de un sonido, del reflejo de un rayo de sol en un escaparate, de unas palabras escuchadas o, sencillamente, de una vaga sensación de que algo todavía sin nombre va a nacer dentro de nosotros"; la escritura en sí, que puede producirse "sin necesidad de fórceps y con la naturalidad de un río" o ser "lucha incruenta con el lenguaje"; pero no será hasta la "confluencia silenciosa entre autor y lector" cuando halle pleno sentido ese texto.

Lostalé nos guía por los ámbitos donde se despliega el verso, la soledad, la memoria, el pensamiento o la quietud, porque "es en la quietud donde se genera el fervor". Reivindica la música de Eliot, pero también el "silencio" de Gerardo Diego, en el que "suena entera la vida a través de las venas luminosas del idioma"; le conmueven por igual el diálogo sereno con un haya de Julia Uceda o la "intuición llena de relámpagos" de Rafael Pérez Estrada. Y juzga la lectura otra forma de infancia, porque "siempre nos instala al principio" y entraña "un depósito inagotable de inocencia". Es verdad: él, que escribe, dice, "para ser joven", nos devuelve en sus páginas a una emoción primera.

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