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Los días en Vermont (VII)

¿Somos los mismos que cuando éramos jóvenes? ¿Acaso hemos traicionado las promesas que nos hicimos entonces? Son las preguntas que se hacen unos amigos de la infancia que vuelven a reunirse en el escenario de sus veranos felices. Uno de los integrantes de la pandilla, Gustavo, ha comprado el edificio donde pasaban las vacaciones con la intención de hacer pisos, y el grupo se reúne para celebrar una despedida simbólica. Todos van al encuentro con cierto recelo, pero, sin embargo, encontrarán en esa cita una inesperada comunión entre ellos...¿Qué ha sido de esos cínicos hastiados de la vida que habían venido a ajustar cuentas o a sacar las navajas? ¿Acaso necesitaban perdonarse?

Por su amistad con Elisa, Jose les anuncia que tendrán un tratamiento especial y que les va a preparar un cóctel de bienvenida en el bar, y tal vez para complacer a todos él opta por una combinación suave, les elabora una bebida dulzona donde sobresale el zumo de piña, una elección controvertida porque consumen con esfuerzo ese mejunje, Amelia aparta su copa y se muestra desconsiderada sin quererlo, nos va a subir el azúcar, opina ella, pero también ese cóctel es oportuno porque les lleva a evocar entre risas las indigestas fórmulas de sus primeras borracheras, donde el alcohol protagonizaba alianzas imposibles, ¿os acordáis?, enumera Ernesto, todo tenía batido de chocolate o granadina, la memoria ya se ha desatado y han abierto una puerta a lo que fueron, Gustavo repite ese diálogo de La princesa prometida que solían usar cuando despreciaban a alguien, me llamo Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir, Leticia la frase de Memorias de África con la que se burlaban de quienes mostraban aires de grandeza, Yo tenía una granja en África, y cuando alguien debía hacer un recado de los padres o andaba liado era una Working Girl como Melanie Griffith; recurren a la nostalgia arropándola en una capa de incredulidad o de espanto, ¿era posible que nos gustara David Hasselhoff? ¿cómo podíamos llevar esos pelos?, nunca he visto nada tan increíble como cuando Marcos te levantó a ti, Elisa, como Patrick Swayze a Jennifer Grey en 'Dirty Dancing', se miran en el espejo del tiempo y el reflejo les inspira, inesperadamente, la indulgencia.

(Todos están de acuerdo en que Jose parece un gran tipo: lo alaban ante Elisa, que se siente incómoda y zanja el asunto, que sepáis que no necesito vuestra aprobación).

Después los cinco magníficos -Jose vuelve a sus obligaciones en el hotel- dan un largo y agradable paseo: visitan el santuario y el claustro, la plaza de la parroquia, la calle comercial, el solar donde se ubicaba uno de los cines de verano, la bodeguita donde tomaron sus primeras copas de moscatel, aquella playa en la que según la leyenda la salida de un Cristo en procesión frenó la expansión de un maremoto; han perdido la timidez o la desconfianza inicial y se enredan en una conversación afectuosa, Leticia que pretendía ser inclemente con Gustavo y acusarle de ser un insensible que ha medrado a costa de cargarse el paisaje se sorprende al notarse relajada, y descubren que aquella localidad que creían desfigurada por el avance del turismo aún posee su encanto.

¿Qué ha sido de esos cínicos hastiados de la vida que habían venido a ajustar cuentas o a sacar las navajas -porque nadie esperaba esta armonía, sino más bien un cúmulo de desencuentros-? ¿Acaso necesitaban perdonarse? Extraño desenlace: todo es ligero; da la impresión, piensa Ernesto, de que van a coger sus bicicletas como los niños de 'E.T. el extraterrestre' o 'Verano azul', y levantar el vuelo o silbar una melodía.

Dejan Vermont como final del trayecto: Ernesto comprueba con pavor que el Ayuntamiento ha ideado unas escalinatas demasiado solemnes para bajar a la playa, Gustavo les pormenoriza -¿lo hace con vergüenza?- las particularidades de la promoción que va a construir y les promete que mantendrá la fachada intacta, una medida a la que Amelia no da demasiado valor, tampoco esto es Versalles, hombre, puedes hacer lo que quieras.

No se engañan, saben que como pandilla no van a unirse de nuevo, que sólo alcanzan una paz efímera, una tregua, pero en la cena en Casa Ricardo mantienen ese repentino idilio, no han viajado hasta aquí para castigarse, tal vez simplemente han hecho lo que han podido con sus vidas, ¿qué vida es perfecta?¿Habéis ido al restaurante de Ernesto?, interroga su primo, cuando joven parecía impensable que llegara a cocinar tan bien, y Ernesto se encoge de hombros y está a punto de reconocerles que inventar recetas es sólo una vía de escape, que se siente demasiado perdido y combinar ingredientes y hacer disfrutar a los comensales es lo único que aporta fantasía en su vida; beben manzanilla y se sienten achispados -también comen: tortillitas de camarones y gambas al ajillo y corvina a la sal y almejas al vino blanco y atún macerado con aguacate-, y después Amelia, sin ser consciente de ello, exhibe su falta de problemas económicos y afirma que quiere echar raíces en algún sitio, que se le ha ocurrido comprar uno de los pisos de Vermont, y Elisa se mofa de ella, ya está la baronesa Blixen, con su granja en África, tú no sabes lo que es esto en invierno, a la propia Elisa le parece antipático su comentario y se entristece de pronto, deberíamos hablar algo de Marcos, yo sé cómo murió, yo lovi antes, pasó por el hotel pero estaba ocupada. Y entonces Amelia le coge la mano -¿lo hizo alguna vez en su infancia o su adolescencia?- y le dice: No, Elisa, hoy vamos a divertirnos, hoy no es el día para detalles escabrosos, acto seguido levanta su copa y sugiere: pero brindemos por él, como hacen al final de la película los personajes de 'El cazador', brindemos por el amigo muerto, porque nosotros aún seguimos vivos.

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