Sine die

Ismael / Yebra

Tres días vacíos

LA palabra rutina goza de mala prensa. Se asocia a un quehacer diario, repetitivo y poco gratificante. Pero si nos paramos a pensar, cosa nada rutinaria, caeremos en la cuenta de que lo que más descansa es la vida cotidiana cuando ésta se halla bien organizada y ordenada.

Tres días al año, mi rutina diaria se ve interrumpida por causas ajenas a mi voluntad. Son el Sábado Santo, el día de Navidad y el de Año Nuevo. Mi mañana y mi desayuno se quedan huérfanos ante la falta de periódicos. Desde niño estoy acostumbrado a recibir el periódico en casa y a leerlo al poco de desayunar. Incluso por las tardes leía el desaparecido Sevilla. La prensa escrita, como decían los antiguos, en papel y de pago, como gusta de diferenciar mi querido amigo Francisco Correal, es de las cosas a las que no estoy dispuesto a renunciar. Esos días en los que, utilizando un símil romeromurubiano, me encuentro cesante de periódicos, me resultan interminables, vacíos, faltos de contacto con el resto del planeta. Sí, ya sé que permanece la radio, la televisión, las ediciones digitales… pero no es lo mismo.

Dicen los expertos, entre los que incluyo a numerosos amigos periodistas de profesión, que los diarios en papel tienen los días contados. Cuatro, cinco, seis… tal vez ni eso. ¡Pobre de mí! Me consuelan con que seguirán las ediciones de fin de semana en las que se analizará la actualidad de los últimos días. Esta misión, a mi entender, era la que tenían los semanarios; pero éstos están casi desaparecidos y se mantienen más por los regalitos que incluyen que por las lecturas que contienen.

Nuestra cultura occidental, por llamarla de algún modo, ha alcanzado logros a los que nunca debería renunciar. Desaparecieron prácticamente los cafés, el pequeño comercio y las tiendecillas tradicionales se baten en retirada. Las librerías van cayendo una tras otra, los talleres artesanos sobreviven o malviven. Si, como me dicen, desaparecen los periódicos en papel, con ello perderemos un bien nada inmaterial y una forma de ver la vida más pausada, más equilibrada y menos impersonal.

Comprar el periódico, charlar en el quiosco de mi amigo Ricardo con los vecinos y enterarme de lo que sucede en el barrio, leer a mis columnistas preferidos… La tableta es otra cosa. Pertenece a otro mundo, ni mejor ni peor, aunque tendré que resignarme: ¡Qué remedio queda! Es el que viene.

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