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Rafael / Padilla

Del dicho al hecho

SON sólo cuatro las mujeres que liderarán a Podemos en las 25 ciudades más pobladas de España. Pocas parecen para una formación que hace bandera del feminismo y de la participación igualitaria. Es cierto que el partido de Pablo Iglesias optó por la paridad en su Ejecutiva (cinco hombres, cinco mujeres y él, como secretario general, rompiendo el empate). Pero no lo es menos que ese exiguo 16% que representa el poder local femenino en la actual estructura de Podemos es fruto del modo en el que el sector oficialista ha querido diseñar sus liderazgos.

Nada, por otra parte, nuevo. Es proverbial la demagogia feminista de una izquierda radical a la que diríase siempre le encandiló la traslación del viejo lema despótico: todo para la mujer, pero sin la mujer. La peripecia de Clara Campoamor, artífice del voto femenino en España, es ilustrativa: el artículo 34 de la Constitución de 1931 salió adelante sin el apoyo de una buena parte de la izquierda de la Cámara para la que -Victoria Kent verbalizó el argumento- eso suponía, por la debilidad e influenciabilidad de las mujeres, un claro riesgo de derechización del electorado. Ganó por supuesto la lógica, aunque no sin la ayuda inestimable de gran parte del voto conservador que hizo inclinar la balanza.

Y es que lanas y famas no corren parejas. Percival Manglano me refresca, en artículo reciente, algunos acontecimientos que pudieran tener valor indiciario: jamás ha habido una jefa de Gobierno en un país comunista (ni, por supuesto, en un país bolivariano); la primera jefa de Gobierno europea fue la muy liberal y férrea Margaret Thatcher; está por ver una lideresa máxima en nuestra Izquierda Unida (por cierto, también en nuestros sindicatos de clase); hoy y aquí, por ceñirme al punto de inicio, en esas mismas 25 ciudades , el PP, presunto partido machista y discriminador, tiene 9 mujeres dirigentes locales, más del doble del megaprogresista Podemos.

¿Permite todo esto concluir algo? Pues miren, no lo sé. Quizá que la igualdad está mucho más lejos de lo que creemos. Tal vez que, del dicho al hecho, sigue habiendo demasiado trecho para cuantos regalan oídos y luego escatiman oportunidades. O acaso, al fin, que cuando se trata de cerrar filas y de buscar la victoria, se acepta, desde luego también en la izquierda, que ellos ofrecen más garantías que ellas. Una empobrecedora estupidez, oiga, que por común, disfrazada y transversal, jamás dejará de serlo.

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