Gafas de cerca

josé Ignacio / Rufino

n os lo tienen dicho

AH, ser productivos y competitivos, qué verdad es que esas palabrejas se erigen en los griales místicos de nuestro escaso tiempo. La productividad es la madre de todas las ganancias empresariales y profesionales, pero la cosa tiene su truco. Usted, churrero, es más productivo que el churrero rival si, haciendo ambos jeringos de la misma calidad y precio, los suyos les salen más baratos de coste. La productividad es una relación entre lo que se mete y lo que se saca, por así decirlo, de forma que ser más productivos puede tanto significar que uno hace más con menos, como nuestra abuela, o alternativamente que uno rebaja sus costes de producción por lo civil o por lo militar, y vende sus productos más baratitos. Detrás de la productividad está siempre su prima competitividad, que se apoya en aquella pero significa la capacidad que tienes para gustar más a quienes son tus compradores o clientes. Tu puedes ser competitivo por dos vías: la más prosaica, o sea, vendiendo barato porque produces barato y siempre hay quienes la baratura les parece el criterio "cero" (empezando por los españoles, que enloquecemos por un chino pero queremos tener calidad de vida europea). La otra vía para ser competitivo es vender churros lacoste, de tonos rosa, con ajonjolí y certificado ISO de control de la ardentía, y cobrar la media docena a 6 euros a compradores más snob.

España, sin duda, parece abocada a ser productiva y, después, competitiva en los mercados exteriores por vía de la reducción de salarios. Siguiendo los trenes baratos del FMI -nunca mejor dicho-, nuestro buen amigo del alma finlandés en la UE, Olli Rehn, nos lo viene a decir con paternal severidad: "Como no os bajéis los sueldos, no vengáis luego llorando. No diréis que no os lo he dicho". Va más allá Rehn, y pone -lo imagino- el dedo índice tieso hacia arriba mientras expele, entre perdigones de saliva, palabras de bíblico luterano: "La responsabilidad caerá sobre vuestras conciencias", quizá pensando que la conciencia bergmaniana, siempre entreverada de culpa, es algo que cotiza en España. Pero todos los defectos no los tenemos. Simplemente estamos, al parecer, condenados a ser más pobres para poder sobrevivir, y así ser más productivos y competitivos fuera, y con ello morir de éxito global dentro. Un país low cost, un satélite económico mejoradito por el turismo. Hay algo muy inquietante en que quienes temen que no podamos devolver nuestra deuda privada nos exijan, contradictoriamente, que rebajemos nuestra renta disponible con un tajo a los salarios: ¿nos están empujando con disimulo al rescate final? Mariano, por tu padre, resiste.

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