Puntadas con hilo

María José Guzmán

mjguzman@grupojoly.com

Diez días de baja en 55 años de trabajo

Hay funcionarios que son ejemplo de vocación y servicio y eso no da para chistes, sí para un libro

Parece una broma, pero es verídico. Casi 20.000 días de trabajo, 55 años continuados, y sólo diez jornadas de baja. Dos únicas interrupciones laborales y por razones médicas. A algunos les costará creer que este expediente es el de un funcionario. Una de las figuras más denostadas en los últimos tiempos. Una etiqueta que la corrupción y el despilfarro de la Administración, entre otras cuestiones, se ha encargado de acentuar injustamente. Los habrá más y menos flojos y estúpidos, más y menos entregados y responsables, puntuales o faltones... Y eso no sólo ocurre en las ventanillas públicas. Utilizar un mismo rasero es un argumento muy simple.

Cuando el dueño de ese impecable expediente pisó por primera vez el ayuntamiento su única vocación era librarse del campo, oficio al que ya había nacido sentenciado. Años 60. Era un niño cuando trabajaba de recadero en una peña y cobraba 250 pesetas al mes. Un amigo le sopló que se quedaba vacante un puesto de botones en el ayuntamiento. ¿Y eso cuánto era? Casi tres veces más: 833,33 pesetas. Se bebió las calles para esperar en la entrada del pueblo a su padre, que venía en mulo del campo, y convencerle de que tenía que coger ese trabajo. Intervino su tío, que era alguacil, y al final pudo aceptar el empleo.

Tenía 12 años y ganas de seguir aprendiendo. Estudiaba por las tardes a escondidas. Con 14 años, sin compañía, la distancia en autobús a la capital, donde estaba el instituto donde se iba a examinar de bachiller, parecía diez veces más grande. El primer año se matriculó de acceso, primero y segundo y entre junio y septiembre sacó toda las asignaturas, incluida gimnasia, que aprobó con unas calzonas confeccionadas por su hermana, modista y cómplice de sus aspiraciones.

Llevaba ya siete años contratado como laboral cuando, tres meses antes de irse a la mili, salió la primera oposición libre convocada en no se sabe cuánto tiempo. Si la aprobaba tendría trabajo fijo cuando regresara del servicio militar. Y eso no iba a dejarlo escapar. Se examinó y le sobró un cuarto de hora, 116 pulsaciones por minuto en mecanografía (pedían 250 y llegó a 366) y tiempo para aburrir al tribunal recitando de carrerilla el tema 1 y el 26.

Desde entonces, 1976, hasta la fecha discurren dos años más de contrato de interino y otros 44 como funcionario de carrera, auxiliar, administrativo y por último como jefe de negociado. De botones a tesorero, ¿cuántos trienios hay?

Cuando el dueño de este expediente salga jubilado el viernes del ayuntamiento su única vocación será disfrutar del merecido descanso tras muchos días puntualidad germánica, sin necesidad de relojes ni tornos, de tesón, confianza y responsabilidad. Momentos buenos y también malos en los que nadie envidia el puesto de quienes aguantan con profesionalidad hasta ocho y nueve nóminas sin pagar.

Es la mejor prueba de que hay funcionarios, de antes y de hoy, que entienden su oficio como un servicio público, inquebrantable, y engrandecen con su trabajo el más noble sentido del municipalismo. Carreras ajenas a los chistes malos de empleados públicos que, no obstante, darían para escribir más de un libro y garantizar su éxito de ventas. Uno de ellos es Juan Martín Gómez, funcionario del Ayuntamiento de Los Palacios. Gracias por tanto.

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