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El discurso de la verdad

La auténtica caridad no se hace con trompetas y titulares de prensa, sino en silencio, en el más absoluto anonimato

Pasadas las fechas de Navidad en las que parece que el mundo se vuelve loco con tanto felicitar y los espíritus se hacen ñoños, volvemos a caer de lleno en la cruda realidad. Durante veinte días ha habido cabalgatas solidarias, donaciones de alimentos, colectas de hermandades y asociaciones para atender a los más necesitados, pero apenas pasa el Rey Baltasar, todo parece un espejismo. El crudo invierno se hace aún más duro para aquellos que duermen en la calle, la falta de recursos se hace más acuciante para los que están en paro, la soledad más intensa para los abandonados y desheredados.

Pero no todo se ha perdido. Deberíamos seguir los pasos de mi amiga Lola, que todo el año vive el espíritu de la Navidad y el contestador de su teléfono siempre te saluda con un Feliz Navidad. El mundo no explota, por más que lo intenta el ser humano, porque hay personas así e instituciones ejemplares. Una de ellas es, sin duda, la Santa Caridad. Esta hermandad que gozó del impulso de Don Miguel Mañara en el siglo XVII, lleva adelante durante todo el año el más puro espíritu de la Navidad. Acoge a personas en base a su pobreza, soledad y abandono, además de poner a disposición de los más necesitados un centro de asistencia social y donación de alimentos.

Fiel al espíritu de Don Miguel, sus hermanos trabajan en el anonimato. Ni sus obras ni sus nombres salen en los medios de comunicación. Tengo amigos que he sabido que eran hermanos por casualidad, al cabo de los años, sin saber que acudían a atender a enfermos, servir las comidas o acompañar a los residentes acogidos en la casa. Ése era el mensaje de Don Miguel para con sus señores los pobres, como gustaba de llamar a los desfavorecidos, sin olvidar el pasaje evangélico que recuerda que tu mano derecha no debe saber lo que hace la izquierda. La auténtica caridad no se hace con trompetas y titulares de prensa, sino en silencio, en el más absoluto anonimato. Por eso ha de escribirse La Caridad, con mayúsculas, cuando uno se refiere a la obra de Don Miguel. Su permanencia y su vigencia a través de los siglos es la mayor prueba de la presencia del espíritu de Mañara y de que es una obra Santa. La suya fue una vida entregada a los pobres compartiendo con ellos mesa y techo. Dejó escrito un pequeño libro, Discurso de la verdad, pero su gran legado pervive y florece en la Domus Pauperum de las viejas atarazanas.

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