¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Mi dulce hotel

Los grandes hoteles siempre han estado bien conectados a la vida de la ciudad que los acoge

La antigua discoteca Boss (para los que peinamos más canas, Río) será un bloque de apartamentos turísticos. De la Sevilla cubatera a la turistificada, lo cual puede tener sus ventajas, sobre todo para los vecinos con el sueño ligero. Hay cambios que lo simbolizan todo. Ahí está también la reconversión de los bajos de la Fnac en un Five Guys, una hamburguesería de moda que sirve su mercancía envuelta en papel de plata y cobra un potosí. Del consumismo cultural al barato colesterol. Dicen con admiración que este negocio es el burguer preferido de Obama, como en tiempos se afirmaba en tono confidencial que las papas aliñás del antiguo Casablanca de la calle Zaragoza eran las dilectas del rey don Juan Carlos. Las cosas cambian. Los muy entendidos en urbanismo dicen que una ciudad es como un palimpsesto, que se escribe y reescribe, que lo suyo es pasar y mutar, y no les falta razón. Pero los cambios pueden ser a mejor o a peor. Por ejemplo, el gran desembarco hotelero, que parece no cesar. Este fenómeno, más allá del peligro de burbuja, es una buena noticia. En general, los mejores hoteles (no siempre son las estrellas las que marcan la diferencia) son lugares maravillosos y novelescos que suelen estar bien conectados con la vida de la ciudad que los acoge. Los bares y restaurantes del Alfonso XIII, el Colón o el Inglaterra siempre fueron sitios de reunión de los nativos más mundanos, grietas en el macizo hispalense por donde se colaban el cosmopolitismo, la coctelería americana, la cerveza de importación y los platos de pronunciación francesa. Por eso la ciudad sintió como puñaladas el cierre del Trinity Pub o la remodelación desafortunada del bar del Colón. Todavía hoy los hoteles son lugares donde cualquier pardillo se puede sentir un gran señor si no se deja intimidar por el inevitable aire solemne y altivo del servicio. Los mejores lugares son aquellos que estimulan los sueños y fantasías. Por eso muchos admitimos con gusto la estocada que recibimos cuando tomamos un café en el patio del Alfonso, porque nos permite por unos minutos trasladarnos a un mundo más amable y elegante que esa selva que a diario tenemos que desbrozar a golpe de machete. Hay hoteles que pueden ser mucho más dulces que el hogar, donde ya nadie te abre la cama ni te dobla con espíritu cartesiano el pijama. Antaño, no era demasiado extravagante vivir en un hotel. El escritor y periodista Jesús Pardo se pulió su herencia en el Palace o el Ritz de Madrid (ya no me acuerdo) y a Julio Camba se le conocía como el hombre del Palace. Quizás una buena salida para los hoteles sevillanos, si se pincha la burbuja turística, podría ser la de ofrecer sus habitaciones para que los aborígenes vivamos todo el año a cuerpo de rey a unos precios razonables. Debe ser hermoso ver pasar la vida desde la barra mullida de un hotel. Soñar con desgana en un dulce hogar con cocina y vecinos.

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