Las dos orillas

josé Joaquín / león /

Los dulces de la Inmaculada

EL puente de la Inmaculada tiene una cita anual con los dulces de los conventos de clausura de Sevilla. Desde aquellos tiempos en que se organizaba en el Palacio Arzobispal, como una forma de ayudar a unas monjas muy necesitadas, ha evolucionado hasta convertirse en un aliciente más para el ocio durante estos días. En 2014 se cumple la XXX edición. Han pasado ya tres décadas. Del Palacio Arzobispal, que parecía su sitio natural, se mudó al Palacio Gótico del Real Alcázar, donde sigue. Es una cita a la que acuden cientos de personas, con muy variadas motivaciones, desde las gastronómicas a la ayuda solidaria. Y en la que también participan no pocos turistas.

La crisis económica se ha notado hasta en los dulces de las monjas. Ahora participan 21 conventos de la provincia, de los que ocho son de la capital. En otros tiempos no todos los monasterios se dedicaban a la repostería habitualmente. Tenían fama las yemas de San Leandro, los rosquitos y los bollitos de Santa Inés, o las mermeladas y dulces de membrillo de Santa Paula. En conventos como San Clemente, Madre de Dios, Santa Ana, Santa María de Jesús o el Socorro se preparaban también dulces, a veces por encargos. Pero en los últimos años la oferta se ha ampliado. Cada convento tiene sus especialidades.

Gracias a esta muestra de los dulces se han conocido en la capital las habilidades gastronómicas de otros monasterios de la provincia. Las jerónimas de Constantina popularizaron sus kirchetas. Y también se dieron a conocer conventos de Écija, Morón, Osuna, Marchena, Estepa o Alcalá de Guadaíra. Este año debutan las carmelitas de Utrera. Resulta curioso que estos conventos suelen tener especialidades según la orden religiosa a que pertenezcan.

Quienes acudimos a esta cita anual tenemos ya los gustos delimitados. Aunque no se puede olvidar que los conventos no son obradores de confitería. Ciertamente cumplen los requisitos sanitarios y laborales que establecen las normativas vigentes, porque no quieren colisionar con este sector. Detrás de esos productos hay una dedicación para la subsistencia en unos tiempos difíciles. Algunos monasterios lo pasan muy mal, y no sólo San Leandro, que es el caso más conocido.

En esta cita anual de los dulces de la Inmaculada, lo más admirable es que el Ora et labora siga vigente, con tantos testimonios de amor y dedicación en Sevilla y su provincia. Son dulces que saben a gloria.

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