tribuna

Julio Lorca

La economía de la empatía

COMENTABA Martin Lindstrom, en su libro Buyology, que durante un lejano viaje a Moscú, junto a la ausencia de colores -todo era gris- lo que más le impresionó fue la ausencia de sonrisas. Aquellos viandantes, de palidez intensa, quedaban impasibles ante sus intentos infructuosos de agradar. Tras aquella pasividad reiterada, que al principio resultaba divertida, algo en sí mismo comenzó a cambiar. Se sintió física y psicológicamente abducido por aquellas personas anónimas que apenas le miraban. ¿Qué le estaba pasando? Pues simplemente, que habían entrado en acción sus neuronas espejo: unas células cerebrales especializadas en proveer la empatía necesaria para mimetizar a nuestros semejantes en un contexto concreto.

Hace uno días fue premiado por su descubrimiento con el Príncipe de Asturias, el neurofisiólogo italiano Giacomo Rizzolatti. En los 80, experimentando con macacos -tras colocarles electrodos que median la actividad neurológica asociada a los movimientos de la mano cuando agarran un objeto- observó que, además de al mono que asía un plátano fuertemente, a un segundo mono cercano, se le activaban las mismas neuronas motoras que al primero, pero con tan sólo observar lo que hacía su congénere. ¿Cómo era posible que se activaran las neuronas motoras del mono físicamente inactivo; es decir, sin que estuviese realizando ningún movimiento aparente?¿podría una neurona motora, comportarse como una neurona perceptiva? Pues sí, sin pretenderlo, habían descubierto las bases neurobiológicas de la imitación y a la postre de la empatía. Pero no todo queda ahí: Se considera que estas neuronas, bautizadas como especulares o en espejo, son la base biológica de la simulación mental necesaria para que cada uno pueda sentir lo que sienten otras personas; de que podamos aprender e incluso amar.

Por eso, somos capaces de sufrir ante el dolor de otro o bostezamos cuando otros lo hacen. De la misma manera, cuando a diario vemos los rostros negativos de nuestros políticos al maldecirse entre ellos, se alimenta una espiral negativa de despropósitos que nos hunden cada vez más en la desesperanza. Igual ocurre cuando percibimos la tolerancia ante la cultura del pelotazo: esa escuela del mínimo esfuerzo... pero compartido; esos gestos conformistas, con los que llevamos años conviviendo, nos arrastran hacia un mundo de hombres grises como los que describía Michael Ende en su famosa novela MOMO. Si queremos dejar atrás el "todo es fácil y comprable", deberemos instaurar la cultura del esfuerzo y el emprendimiento, donde se premie el mérito y el sacrificio. Activando socialmente los mecanismos de la empatía constructiva, podremos encarar con garantías un nuevo futuro. Y eso comienza por la ejemplaridad exigible a nuestros representantes.

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