LA bragada salida, muy en su estilo, de Álvarez-Cascos del Partido Popular, al no haberse apoyado su aspiración a ser candidato a la Presidencia de Asturias, por parte de la dirección nacional del partido -es decir, Rajoy-, no va a mover en absoluto las estructuras internas de un partido que se ve muy cerca del retorno al poder, a nivel nacional, y de la conquista de territorios que hasta ahora parecían imposibles. Cierto es que la noticia de su baja voluntaria de las filas del PP y, sobre todo, la forma en la que lo ha llevado a cabo, han propiciado un escenario generoso para los medios de comunicación. Ha sido noticia, y de las gordas, pero ahí se acaba la cosa, salvo en el reducido ámbito electoral del Principado, en caso de que, por fin, cuaje su candidatura al frente de una nueva formación.

En Andalucía, la salida de Cascos ha causado bastante indiferencia, y poca solidaridad mal entendida, salvo en el caso del ex alcalde de Granada Gabriel Díaz Berbel, quien siempre tuvo, y alardeó, una fuerte vinculación personal con el ex secretario general lo que, en algún momento llegó a complicar las relaciones entre la estructura nacional y la regional del partido. Por lo demás, Álvarez-Cascos nunca tuvo una especial influencia en la vida del PP andaluz desde que, en 1994, Javier Arenas asumiese la presidencia regional del partido. Con estilos muy distintos, Cascos y Arenas supieron delimitar las fronteras del poder interno y, salvo alguna que otra escaramuza -sobre todo desde que Cascos se casase con una cordobesa y aumentase su presencia en Andalucía- no hubo conflicto abierto entre ellos. De Despeñaperros para abajo mandaba Arenas, y Cascos lo asumía, de mejor o peor grado, porque sabía que esa situación era bendecida por el propio Aznar. Esa situación se mantuvo también a partir de las elecciones de 1996, ya con ambos en el Gobierno, Álvarez-Cascos como vicepresidente y secretario general y Arenas como ministro de Trabajo y presidente del PP andaluz hasta que, en 1999, Javier Arenas sustituyó a Cascos en la secretaría general, cambiando el estilo bronco del asturiano por la sutileza sonriente del andaluz.

En otros ámbitos, aunque no se reconozca públicamente -salvo por alguno que estaba esperando la ocasión de devolver antiguos agravios- la salida de Cascos se ha recibido con cierto alivio porque, aunque se aceptaba que era un buen candidato para Asturias, aunque excesivamente lastrado por su enfrentamiento con parte del partido regional, causaba preocupación, en la cúpula del PP, las dificultades para conseguir un equilibrio con un Cascos reinventado, en el ejercicio de un poder autonómico que, además, él consideraría conquistado por sus propios méritos personales. Y esto es lo que da de sí, por ahora, el efecto Cascos.

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