La ventana

Luis Carlos Peris

El ejemplo de un abuelo desgarrado

VEÍA las imágenes y un repeluco me estremecía los adentros, se me desbocaban los pulsos y un contagio de pena inenarrable me helaba la sangre. El abuelo de Marta del Castillo escarbando en un lodazal a la búsqueda de lo más querido, el cuerpo de su nieta, de esa niña que la vida le arrebató y por la que durante más de un año lleva viviendo sin vivir en sí. Harto de estar harto, mandó a hacer puñetas a todo el aparato, tan fracasado, y se puso manos a una obra que no admite más demora. Sin medios, arañando la ciénaga prácticamente con sus manos, con la fe de quien no tiene otro motor que el cariño que se le profesa a la sangre de la propia sangre y con el auxilio de un zahorí, el abuelo de Marta iba al encuentro de la niña de sus ojos con prisas, sin admitir más esperas, desoyendo ese larriano y desesperante vuelva usted mañana con que el ineficaz aparato respondió a sus enésimos y penúltimos ruegos.

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