La esquina

josé / aguilar

La elección de los alcaldes

POR qué cualquier iniciativa de reformas políticas viene ensombrecida por la sospecha y no hay manera de que sea contemplada por su contenido en vez de por sus pretendidas segundas intenciones? Por el partidismo que domina la política española. Es lo que ha instalado la desconfianza y lo que cuestiona todo impulso reformador.

Vean el caso de la elección directa de los alcaldes por los vecinos, una especie de serpiente de verano que aparece y desaparece desde hace veinte años en la vida nacional. Nunca ha fructificado. La nueva aparición comienza con mal pie: Rajoy la anuncia en el comité ejecutivo del PP, pero no como una propuesta concreta a negociar con el resto de los partidos, sino como idea a desarrollar en la Escuela de Verano del partido. ¿No es mejor que la discutan y se pongan de acuerdo ellos antes de lanzarla al debate general?

La idea ha sido vendida a la opinión pública en el contexto de una "agenda de calidad democrática" que ha de ser interpretada como la respuesta, lenta, a las demandas regeneradoras de la sociedad española. Pero inmediatamente nos asalta la duda sobre si de lo que se trata es de aumentar la calidad de nuestra democracia o de aumentar las expectativas electorales del PP.

La duda procede del hecho de que desde hace años la derecha necesita mayoría absoluta de concejales para hacerse con las alcaldías de las capitales y grandes ciudades -apenas existen pequeños partidos en este sector ideológico con los que pactar-, mientras que en la izquierda, más fragmentada, se pueden formar alianzas que arrebaten los ayuntamientos a las mayorías relativas del PP. El mero enunciado de dos capitales en las que el PP ve a sus alcaldesas en peligro en 2015 por este motivo da fe de la importancia del problema: Madrid y Valencia.

Aparte del interés de los populares, la elección directa de los alcaldes es razonable en aras de la estabilidad municipal. Pero no va a ser fácil adoptarla. Falta decidir si se otorga mayoría absoluta de concejales a la lista más votada o si se acude a una segunda vuelta electoral que enfrente sólo a los dos alcaldables mejor situados en la primera. Y falta, sobre todo, convencer al PSOE y a los partidos minoritarios de una reforma que les impedirá, de hecho, unirse para derrotar al vencedor relativo en las urnas.

Volvemos al principio: el partidismo se impone a la voluntad de reforma.

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