Alto y claro

josé Antonio / carrizosa

El encaje de Andalucía

DURANTE los próximos meses nos va a tocar escuchar un día sí y otro también sobre el encaje de Cataluña en España. Tras las elecciones de hace una semana, que mostraron una sociedad escindida en dos mitades, hay una especie de acuerdo más o menos explícito entre las fuerzas políticas de que las cosas no pueden seguir como están. La lógica dice que debe ser así y ya veremos cuándo y hasta dónde se llega y cuánto le cuesta al resto del país. Visto desde Andalucía quizás sería también un buen momento para replantearnos nuestro encaje en el conjunto de España. No lógicamente desde un punto de vista de la pertenencia territorial que aquí, afortunadamente, no es algo que quepa plantear. Pero basta echar un vistazo a nuestro alrededor para comprobar que tenemos un problema de encaje desde un punto de vista económico y social. Estamos condenados a estar en la cola de todos los indicadores de bienestar y esa es una situación que hemos aceptado como un dato más de nuestra realidad. Quizás sea el momento de preguntarnos por qué es así y cuánta culpa tenemos nosotros mismos. Vayamos a algunos datos, pocos, de esa realidad que nos arroja un retrato estremecedor del papel que jugamos en el conjunto de España. Andalucía mantiene un diferencial de PIB per cápita con respecto a la media nacional prácticamente igual al que existía en 1980. Somos casi un 25% más pobres que el español medio y durante todos los años de la crisis no hemos hecho otra cosa que empeorar y aumentar nuestro diferencial con España y con Europa. Por lo que respecta al paro, estamos diez puntos por encima de la media nacional. Una distancia ya de por sí apabullante, pero que si la comparamos con las comunidades más ricas de España es, sencillamente, de vergüenza. Podríamos seguir con otros muchos indicadores que nos llevarían a la misma conclusión. Podríamos hablar de la imposibilidad de que la región cree un tejido industrial digno de ese nombre, o referirnos al nivel en los rankings de nuestras universidades. Además parece que estamos condenados a mantener estas distancias siderales con el desarrollo como si Andalucía tuviera una incapacidad natural para crear riqueza y empleo.

Se podrá argumentar que la culpa es nuestra; de nuestros gobernantes que en más de tres décadas de autonomía han sido incapaces de acercarnos a los niveles medios de la sociedad española, a pesar de que han dispuesto de enormes inversiones derivadas de nuestra integración en Europa. Claro que algo de eso hay y que se podría haber hecho bastante más. Pero los márgenes de maniobra de una administración autonómica son los que son. Nuestros males no provienen en exclusiva de una Junta de Andalucía históricamente mal gestionada. Quedarnos ahí sería, en mi opinión, un análisis simplista. Los males que arrastramos parten de un diseño de la economía nacional que concentró la industria y el desarrollo en el triángulo Madrid-Barcelona-Bilbao y a nosotros nos condenó a ser una sociedad ruralizada, por tanto subdesarrollada, y exportadora de mano de obra barata. Ese diseño no ha cambiado en lo sustancial durante los últimos 120 años, salvo el añadido de que ahora tenemos un litoral donde el turismo es una fuente de riqueza consolidada, hasta el día -que llegará- en que el norte de África sea una zona estabilizada y compita con Andalucía en precios y calidad.

Los andaluces tenemos culpa de lo que nos pasa y se podría haber hecho mejor. Sin duda. Pero somos también la consecuencia de un mal encaje en España desde un punto de vista de la estructura económica y social. Si Cataluña tiene motivos para armar la que ha armado por una más o menos evidente falta de adecuación de eso que se ha dado en llamar realidad nacional al Estado de las Autonomías, nosotros también tenemos motivos más que sobrados para replantearnos el papel de economía subsidiaria que se nos ha asignado.

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