La Noria

Carlos Mármol

El exilio inteligente

La disyuntiva es simple: quedarse esperando en vano la posibilidad de desarrollar una carrera profesional sin tener que pagar ciertos peajes o buscar aire en otros pagos. Los jóvenes sevillanos emigran en busca del futuro

PARA ser el centro del mundo, como sostiene la literatura costumbrista sevillana, lo cierto es que las cosas no pintan excesivamente bien para el Sur de España. Con un paro del 24% y la precariedad como único horizonte cierto -teniendo además algo de suerte- el horizonte de futuro de jóvenes (y no tan jóvenes) sevillanos es, más que limitado, negro. Oscuro. Se imponen los hechos agrios. De los sevillanos se dice -no sé si con razón- que nos parecemos demasiado a los habaneros: para muchos de nosotros el universo entero se encierra en nuestra propia ciudad. Ocurre también en otros lugares, a los que cuesta dejar. Son urbes cósmicas: Buenos Aires, Nueva York, París, Londres, acaso Roma, México tal vez. En todas ellas las múltiples contradicciones de eso que llamamos existencia se concentran en un mismo espacio físico, convulso y fértil a partes iguales. Vivir en ellas, aunque por breve tiempo, suele ser la mejor escuela de vida posible.

Sevilla ha aspirado siempre a estar en esta división, aunque ni por tamaño ni por composición social damos el perfil necesario. Lo nuestro es puro mito de consumo interno. De puertas adentro. Todavía seguimos recreándonos en el viejo mito de la Capital de Indias -pasado egregio, añejo futuro, se diría- sin querer entender algo tan obvio como que los siglos han pasado y que una cosa es la imagen que proyectamos al exterior y otra, muy distinta, lo que queremos ser. Y lo que somos.

La marcha silenciosa

Los hechos no son nuevos. Aunque hay que admitir que hasta hace poco eran silenciosos. Privados. Íntimos. Un hijo que se iba y que volvía distinto. Una hija a la que le daban la beca Erasmus. Alegría y terror. Un sobrino que se marchaba a ver mundo y que empezaba a darse cuenta de que la Campana, más que el Aleph de Borges, era simplemente una mera confluencia de calles. En realidad, ni siquiera llega a plaza.

En mitad de la actual debacle económica que ha desinflado como un pastel toda la propaganda de los políticos y el optimismo oficial, asombrosamente ignorante de que no hay desarrollo económico perdurable en el tiempo sin una cultura sólida que lo soporte, los alemanes hacen una oferta de trabajo abierta para ingenieros, arquitectos y docentes españoles y volvemos de golpe a la foto en sepia de nuestros abuelos. El exilio sin política. La huida de la inteligencia. La vida, sospecho.

Los profesionales sevillanos, representados por los distintos colegios gremiales, ven con tristeza cómo una parte de los jóvenes sevillanos, algunos excelentemente preparados, empiezan a hablar de irse a Alemania. Incluso sin saber alemán. Nuestros abuelos tampoco lo sabían. Ni siquiera sospechaban que la emigración, ese viejo fantasma del pasado, se ha tornado el presente. Nadie que emigra suele estar alegre. No sólo por temor, sino porque en el fondo sospecha, casi sin saberlo del todo, pero con seguridad al mismo tiempo, que la marcha en realidad es una condena perpetua. La integración es tarea casi imposible. Incluso con la mayor de las voluntades y fortuna nunca es completa. Una cosa es estar bien en un sitio y otra diferente que éste sea tu lugar en el mundo.

La fuga de cerebros sucede a los tiempos de la burbuja inmobiliaria. ¿Realmente es un fenómeno nuevo? No lo parece. Sevillanos transterrados tenemos desde los tiempos de Blanco White. Incluso desde antes. Sevilla no ha querido nunca conservar a sus mejores hijos. Algo que nos diferencia radicalmente de Alemania y de la mayoría del mundo moderno, donde el talento es valorado con independencia de donde venga.

Alemania es un país que ha pasado por dos guerras mundiales. Fue bombardeado y dividido en dos mitades durante décadas. No se podrá decir que lo han tenido fácil. Su desarrollo, sin embargo, es ejemplar: fortaleza económica, excelencia cultural y discusión democrática. Dogmas, los justos. Principios, los necesarios. E inteligencia: saben que los sueldos españoles son muy bajos (sobre todo en el caso de los licenciados), que la formación no es mala en algunos ámbitos -en otros habría mucho que hablar- y que las perspectivas de futuro venideras son escasísimas. Después de lustros financiándonos a través de los fondos de cohesión, la locomotora europea busca aquí los cerebros que necesita su economía a un coste aceptable. De donde se deduce que, pese a las inversiones en infraestructuras y a toda la cantinela de las sucesivas modernizaciones, el capítulo humano no lo hemos trabajado nada bien. ¿Si no valoramos lo que tenemos por qué ellos no iban a hacerlo?

Andalucía y Sevilla, en concreto, todavía no han dado el salto cultural hacia Europa. Podremos considerarnos continentales de derecho y hecho, pero nuestra mentalidad -la que tanto se alaba como destilación razonable del viejo espíritu meridional- se ha dedicado a recrearse en su propio ombligo mientras desperdiciaba talento a manos llenas. Tiene gracia que casi todos los políticos pregonen ahora esta cuestión como valor. Parece un poco tarde. En los partidos políticos, con notables excepciones, no predomina precisamente el talento. Más bien la disciplina ideológica -en realidad personalista- la sumisión, las prebendas y la concepción feudal de la lealtad. No parecen ser el motor que necesitamos. En el resto de ámbitos civiles y empresariales sucede más o menos igual: el sueño de la meritocracia jamás abandona el espacio de lo retórico. Nuestra fórmula siempre ha sido la italiana: el amor a los linajes viejos, a los apellidos, al teatro social. Aquí la solvencia y la seriedad profesional, en determinados ámbitos, se considera un valor menor. Algo que quizás no está mal pero que no hay que pagar ni cultivar.

Cierto es que nuestro índice de fracaso escolar es antológico -del orden del 30%- y que el analfabetismo funcional, según las estadísticas de hace unos años, en algunas zonas de Sevilla era de más de dos dígitos. Nos falta formación, sentido del esfuerzo y probablemente confianza en nosotros mismos. Cabría preguntarse si es un problema psicológico o cultural. Sospecho que más bien lo último. Es una cuestión fundamentalmente de entorno. El paisanaje que contempla cualquiera que haya viajado un tiempo y viva en Sevilla, al menos en los círculos concéntricos por los que discurre la ciudad oficial, es la principal invitación al exilio. Castas, linajes (nuevos y antiguos, ideológicos y de sangre), favoritismo y, en general, cierta atonía intelectual. Toda la energía se nos va en el circo: cofradías, subvenciones y la guerra eterna por ganar espacios de representación social.

No sé si los ingenieros y los arquitectos sevillanos son mejores que los europeos. Sospecho que en muchas cosas deben estar a la par. Sencillamente lo que ocurre es que aquí no tienen alternativas. La sociedad sevillana no ha sido capaz de integrar en su rueda el talento que nace de sus propios individuos. Somos ignorantemente extremistas: las carencias educativas crecen sin cesar entre las generaciones más jóvenes mientras las que se suponen algo más preparadas no tienen cauces para avanzar. Nos faltan empresarios y nos sobra palabrería.

El viejo relato, presente en casi todas las novelas de iniciación, que consistía en ir avanzando por el sendero vital desde abajo, paso a paso, hasta construir el propio ascenso personal (el social venía a ser la consecuencia del anterior, no su origen) está quebrado por completo. Nada importa. Si se van los cerebros será una tragedia, dicen. Depende. La única forma de que una sociedad, Sevilla en este caso, se dé cuenta de que su teatro cotidiano es absurdo es que un día, sin esperarlo, se quede sin auditorio. Sin aplausos. Igual hasta resulta ser un comienzo. Quién sabe.

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