José León-Castro Alonso

¡Él sí es extraordinario!

QUE el Señor del Gran Poder tal vez haya menguado su impronta de emblema iconográfico local porque hace ya muchísimo tiempo que es devoción universal es de todos reconocido y así lo acreditan las miles de personas que pasan anualmente por su camarín. Que la sociedad ya desde recién iniciado el siglo XXI necesita de algo más que de símbolos creo que concitará el general consenso. Que el mensaje que esporádicamente lanza la jerarquía eclesiástica, salvo obviamente el del Sumo Pontífice - siempre claro, firme y magnánimo-, no acaba de calar en la fibra afectiva de una gran mayoría apenas suscita hoy disensión alguna. Y que el relativismo más fetichista se ha enseñoreado del mundo ya pocos lo niegan. Pero es que tratándose del Señor del Gran Poder todo cambia porque Él es punto y aparte. Él es Fe, Caridad, Esperanza Misericordia, todo de lo que hoy andamos tan necesitados.

Personalmente no soy partidario de las salidas extraordinarias a no ser que un motivo grave, por encima de caprichos y vanidades, lo justifique. De hecho, así lo hizo el Señor, que nos haya llegado constancia, en 1800 por una epidemia de peste amarilla, en el Santo Entierro Grande de 1854 (por lo que aquel año saldría dos veces el mismo día), en 1939 al término de la Guerra Civil, en 1965 a las Misiones Generales (acompañado siquiera por una vez en ocasiones tales por su bendita Madre del Mayor Dolor y Traspaso), en el Vía Crucis de las Hermandades y Cofradías de Sevilla de 1979 y 1987, en 2003 para conmemorar el tercer centenario de su llegada a la Parroquia de San Lorenzo, y en 2013. Sé el bien inmenso que el Señor puede hacer en la calle, conozco su enorme poder de atracción y la fuerza evangelizadora de su sola presencia entre las gentes. Pero también diré para general conocimiento que Él está todos los días del año en su Basílica, esperándonos, y sobre todo tal vez convenga recordar que, aunque lo veamos sublime y majestuoso allá arriba en su Altar, querría que miráramos y encontráramos nuestra verdadera razón de ser un poco más abajo, dónde real y únicamente se obra la transustanciación, en el Sagrario, lugar en el que rara vez fijamos la mirada.

Es por eso que hoy más que nunca conviene afirmar que el Señor ha dejado de ser un símbolo para convertirse en algo superior, si es que queremos dar su verdadero y único sentido a esas salidas extraordinarias. El Señor es todo Él un mensaje. Y como tal deberíamos esforzarnos en abstraernos de su paso, por espléndido que sea, de su movimiento, por más que nos guste su singular racheo, de su túnica y de sus potencias. Al Señor no solo hay que verlo en la calle, antes bien y sobre todo hay que oírlo. Y para eso tendremos que estar en paz con Él, aceptar ese mensaje tácito que nos deja a través de su portentosa talla, y comprometernos a imitarlo y seguirlo. De lo contrario, cualquier salida por extraordinaria que sea, lo será en balde.

Ojalá que en los próximos días y ya para siempre sepamos apreciar en su mirada no sólo la ternura o el dramatismo que atraen al converso, sino el mensaje de que el Dios invisible se ha hecho carne entre nosotros, y visible para los que en Él se miran. Comprobemos que su Cruz no es de pura madera, más ligera sería si lo fuera, sino de miserias, odios, veleidades y, como dice S. Lucas en el Evangelio del primer Domingo de Adviento, "de vicios que embotan la mente". Aprovechemos, pues, la ocasión siquiera para echar un pulso a su zancada, para comprobar y comprender que solo a la rectitud y a la verdad conducen. Ése es el mensaje del Señor del Gran Poder al que tanto quiero y al que estamos todos convocados a servir.

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